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San Vicente Ferrer – 5 abril

San Vicente Ferrer santo del día 5 de abril

San Vicente Ferrer

Biografía




San Vicente Ferrer, Vicent Ferrer en catalán, fue un religioso y predicador apocalíptico, nativo de Valencia, de l cuál es patrón, y miembro de la orden de los dominicanos. Mira la biografía completa a continuación.

Vicente Ferrer nació en Valencia (España) el 23 de enero de 1350. Sus padres fueron Guillermo Ferrer, y Constancia Miguel, quienes tuvieron tres hijas y tres hijos. Vicente pertenecía a una familia acomodada de la ciudad de Valencia. Su padre, Guillermo era notario y estaba relacionado con las clases altas del lugar. Cuando nació Vicente, Valencia terminaba de sufrir la mortífera Peste Negra.

Sus padres le inculcaron desde muy pequeño una fervorosa devoción hacia Jesucristo y a la Virgen María y un gran amor por los pobres haciéndole crecer el amor por ayudar a los más necesitados. Vicente se encargaba de repartir las limosnas que la familia acostumbraba a dar. Sus padres le enseñaron a hacer una mortificación cada viernes en recuerdo de la Pasión de Cristo, y cada sábado en honor de la Virgen Santísima, y estas costumbres nunca las dejó, ya que las ejercitó durante toda su vida.

Principio de su vida religiosa

Sus primeros estudios fueron en Valencia, en una de sus múltiples escuelas, donde se inició en los estudios de la latinidad. En febrero de 1367 tomó el hábito tras haber ingresado en el Convento de los Predicadores de Valencia, de los dominicos.

Durante su juventud el demonio lo atacó con violentas tentaciones y, además, como era un muchacho físicamente muy bello, varias mujeres de dudosa conducta se enamoraron de él y como no les hizo caso a sus inteciones, le inventaron terribles calumnias contra su buena fama. Todo esto lo fue haciendo fuerte para soportar las pruebas que le iban a llegar después.

Entre el año 1368 y 1375 fue enviado por sus superiores a profundizar sus estudios en Lérida, Barcelona y Toulouse, Francia.

En Lérida dio clases como profesor de Lógica, donde se encontraba en su época el Estudio General de la Corona de Aragón, osea la Universidad. La ciudad estaba pasando por un período de hambre y los barcos portadores de alimentos no llegaban. Entonces Vicente en un sermón anunció una tarde que esa misma noche llegarían los barcos con los alimentos tan deseados. Al volver a su convento, el superior lo regañó por dedicarse a hacer profecías de cosas que él no podía estar seguro de que iban a suceder. Pero esa noche llegaron los barcos, y al día siguiente el pueblo se dirigió hacia el convento a aclamar a Vicente, el predicador. Los superiores tuvieron que trasladarlo a otra ciudad para evitar desórdenes.

Vicente y el cisma de oriente

En el año 1377 regresaban los Papas a Roma tras casi tres cuartos de siglo en Avignon, Francia. Pero al morir el papa Gregorio XI se eligió a Urbano VI, lo que llevó a graves disturbios y momentos de tensión con denuncias sobre la legalidad de la elección. Las ausencias de algunos electores y las presiones francesas a las que se sumó el cardenal español Pedro de Luna conocido posteriormente como el Papa Luna, llevó a que un grupo de electores declarara nula en agosto la elección y eligiera el 20 de septiembre al anti papa Clemente VII. La Europa cristiana quedaba dividida entre los que obedecían a Roma y los de Aviñón.

El rey Pedro IV de Aragón, terminó por apoyando al anti papa Clemente VII y este delegó en Vicente Ferrer para intervenir en el reino de Valencia, donde ya se encontraba el delegado del papa Urbano VI.

En esta época Vicente siguió su trabajo de predicación por todo el antiguo reino de Valencia, de las que tenemos constancia, como una Cuaresma en Segorbe u otra en Valencia capital.

En 1394 fue elegido papa de Avignon, Pedro de Luna como Benedicto XIII, quién llamó a Vicente, y le ofreció distinciones cardenalicias y obispados, pero Vicente no veía con buenos ojos el ambiente de la curia de Avignon y marchó al convento de los predicadores de la ciudad.

Vicente estaba muy angustiado porque la Iglesia Católica estaba dividida entre dos Papas y había muchísima desunión. De tanto afán se enfermó y estuvo a punto de morir. Sin embargo trabajó activamente en conseguir solucionar el llamado Cisma de Occidente. Pero una noche se le apareció Nuestro Señor Jesucristo, acompañado de San Francisco y Santo Domingo de Guzmán y le dio la orden de dedicarse a predicar por ciudades, pueblos, campos y países. Y Vicente recuperó inmediatamente su salud

En adelante por 30 años, Vicente recorre el norte de España, y el sur de Francia, el norte de Italia, y Suiza, predicando incansablemente, con enormes frutos espirituales.

Tras la intervención de Vicente en Caspe y en sus frecuente encuentros con el rey Fernando, Benedicto XIII y el emperador Segismundo traron sobre la unión de la Iglesia.

El 6 de enero de 1416, Vicente Ferrer, leyó un documento por el que la Corona de Aragón se sustraía de la obediencia a Avignon. Al año siguiente en 1417 fue elegido Martín V como Papa de toda la Cristiandad.

Su misión evangelizadora

Después de la aparición y mandado de Jesús, inicio su gran misión.

San Vicente Ferrer convirtió a más de 10,000 judíos y otros tantos musulmanes o moros en España. Y esto es admirable porque no personas más difíciles de convertir al catolicismo que un judío o un musulmán.

Tenía que predicar en campos abiertos por que las multitudes que acudían para escucharlo a él no entraban en los templos, y lo seguían donde quiera que él iba. Su voz sonora, fuerte, llena de agradables modulaciones con su pronunciación sumamente cuidadosa, permitían oírle y entenderlo a más de una cuadra de distancia.

Sus sermones duraban casi siempre más de dos horas, pero los oyentes no se cansaban ni se aburrían porque sabía hablar con tal emoción y de temas tan propios para esas gentes, y con frases tan propias de la Biblia, que a cada uno le parecía que el sermón había sido compuesto para él mismo en persona.

Antes de predicar rezaba por cinco o más horas para pedir a Dios la eficacia de la palabra, y conseguir que sus oyentes se transformaran al oírle. Dormía en el suelo, ayunaba frecuentemente y se trasladaba a pie de una ciudad en ciudad.

A San Vicente lo que le interesaba no era lucirse sino convertir a los pecadores. Y su predicación conmovía hasta a los más fríos e indiferentes. Su poderosa voz llegaba hasta lo más profundo del alma. En pleno sermón se oían gritos de pecadores pidiendo perdón a Dios, y a cada rato caían personas desmayadas de tanta emoción. gentes que siempre habían odiado, hacían las paces y se abrazaban. Pecadores endurecidos en sus vicios pedían confesores. El santo tenía que llevar consigo una gran cantidad de sacerdotes para que confesaran a los penitentes arrepentidos. Hasta 15,000 personas se reunían en los campos abiertos, para oírle.

Después de sus predicaciones lo seguían dos grandes procesiones: una de hombres convertidos, rezando y llorando, alrededor de una imagen de Cristo Crucificado; y otra de mujeres alabando a Dios, alrededor de una imagen de la Santísima Virgen. Estos dos grupos lo acompañaban hasta el próximo pueblo a donde el santo iba a predicar, y allí le ayudaban a organizar aquella misión y con su buen ejemplo conmovían a los demás.

Como la gente se lanzaba hacia él para tocarlo y quitarle pedacitos de su hábito para llevarlos como reliquias, tenía que pasar por entre las multitudes, rodeado de un grupo de hombres encerrándolo y protegiéndolo entre maderos y tablas. El santo pasaba saludando a todos con su sonrisa franca y su mirada penetrante que llegaba hasta el alma.

Las personas se quedaban admiradas al ver que después de sus predicaciones se disminuían enormemente las borracheras y la costumbre de hablar cosas malas, y las mujeres dejaban ciertas modas escandalosas o adornos que demostraban demasiada vanidad.

La gente lo llamaba «El ángel del Apocalipsis», porque continuamente recordaba a las personas lo que el libro del Apocalipsis enseña acerca del Juicio Final que nos espera a todos. El repetía sin cansarse aquel aviso de Jesús: «He aquí que vengo, y traigo conmigo mi salario. Y le daré a cada uno según hayan sido sus obras» (Apocalipsis 22,12).

Milagros

860 milagros son los que constan en el proceso de su canonización.

Los milagros acompañaron a San Vicente en toda su predicación. Y uno de ellos era el hacerse entender en otros idiomas, sabiendo que él solamente hablaba su lengua materna y el latín. Y sucedía frecuentemente que la gente de otros países le entendían perfectamente como si les estuviera hablando en su propio idioma. Esto fue como la repetición del milagro que sucedió en Jerusalén el día de Pentecostés, cuando al llegar el Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, la gente de 18 países escuchaban a los apóstoles cada uno en su propio idioma, siendo que ellos solamente les hablaban en el idioma de Israel.

San Vicente se mantuvo humilde a pesar de la enorme fama y de la gran popularidad que le acompañaban. Repetía: «Mi cuerpo y mi alma no son sino una pura llaga de pecados. Todo en mí tiene la fetidez de mis culpas».

El santo regalaba a las señoras que peleaban mucho con su marido, un frasquito con agua bendita y les recomendaba: «Cuando su esposo empiece a insultarle, échese un poco de esta agua a la boca y no se la pase mientras el otro no deje de ofenderla». Esta famosa «agua de Fray Vicente» producía efectos maravillosos porque como la mujer no le podía contestar al marido, no había peleas.

Últimos años

Aunque estaba muy enfermo, apenas empezaba la predicación se le olvidaban sus enfermedades y predicaba con el fervor y la emoción de sus primeros años. Era como un milagro. Durante el sermón no parecía viejo ni enfermo sino lleno de juventud y de entusiasmo.

Recorrió el Mediodía francés, la Auvernia, pasando luego a la Bretaña, donde transcurrirán los últimos meses de su vida. Encontrándose gravemente enfermo, decidió partir hacia Valencia. Sufrió una terrible tempestad al salir del puerto de Vannes en Francia, lo que él interpretó como una señal de Dios para que volviera a Vannes a pasar el resto de sus días. Falleció en Vannes el 5 de abril de 1419, un Miércoles de Ceniza. Su sepulcro se halla en la catedral de dicha ciudad.

Canonización

Fueron tantos sus milagros y tan grande su fama, que el Papa lo declaró santo 36 años  después de haber muerto, en el año 1455.

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