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San Anselmo – 21 abril

21 abril, 2017

San Anselmo

San Anselmo

Biografía




San Anselmo nació en 1033 en Aosta, primogénito de una familia noble.

Su padre era un hombre rudo, dedicado a los placeres de la vida y dilapidador de sus bienes; su madre, en cambio, era mujer de elevadas costumbres y de profunda religiosidad. Fue ella quien cuidó de la primera formación humana y religiosa de su hijo, que encomendó después a los benedictinos de un priorato de Aosta. San Anselmo, que desde niño —como narra su biógrafo— imaginaba la morada de Dios entre las altas y nevadas cumbres de los Alpes, soñó una noche que era invitado a este palacio espléndido por Dios mismo, que se entretuvo largo tiempo y afablemente con él y al final le ofreció para comer «un pan blanquísimo» (ib., col. 51). Este sueño le dejó la convicción de ser llamado a cumplir una alta misión.

A la edad de quince años pidió ser admitido en la Orden benedictina, pero su padre se opuso con toda su autoridad y no cedió siquiera cuando su hijo, gravemente enfermo, sintiéndose cerca de la muerte, imploró el hábito religioso como supremo consuelo. Después de la curación y la muerte prematura de su madre, san Anselmo atravesó un período de disipación moral: descuidó los estudios y, arrastrado por las pasiones terrenas, se hizo sordo a la llamada de Dios. Se marchó de casa y comenzó a viajar por Francia en busca de nuevas experiencias. Después de tres años, al llegar a Normandía, se dirigió a la abadía benedictina de Bec, atraído por la fama de Lanfranco de Pavía, prior del monasterio. Para él fue un encuentro providencial y decisivo para el resto de su vida. Bajo la guía de Lanfranco, san Anselmo retomó con vigor sus estudios y en poco tiempo se convirtió no sólo en el alumno predilecto, sino también en el confidente del maestro. Su vocación monástica se volvió a despertar y, tras una atenta valoración, a la edad de 27 años entró en la Orden monástica y fue ordenado sacerdote. La vida ascética y el estudio le abrieron nuevos horizontes, haciéndole encontrar de nuevo, en un grado mucho más alto, la familiaridad con Dios que había tenido de niño.

Tres años después, Anselmo fue designado prior de Bec , cargo que ejerció hasta 1078, cuando fue designado abad.

En 1093 se le confió la sede arzobispal de Canterbury, primada de Inglaterra, como sucesor del Beato Lanfranco: parecía seguir las huellas de su maestro.

No obstante, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a las pretensiones del rey Guillermo II de Inglaterra por el problema de las investiduras tubo fue desterrado, hasta que el nuevo rey Enrique II le permitió volver en 1100.

Pero tres años después tuvo que salir nuevamente exiliado por el mismo motivo.

El conflicto se resolvió en 1105 y una vez más regresó a Canterbury.

En 1108 acudió al concilio de Bari, que buscaba el retorno de los ortodoxos  griegos al seno de la comunión de la Iglesia.

Murió el 21 de abril de 1109 tras una intensa actividad pastoral e intelectual.

Algunas de sus obras más importantes y conocidas son los tratados “Por qué Dios se hizo hombre”, “De la concepción virginal y del pecado original”, “Sobre la procesión del Espíritu Santo”…

Se le considera el padre de la Escolástica.

Entre sus obras destacan diecinueve oraciones y tres meditaciones de carácter piadoso que suponen una página preciosa de la espiritualidad medieval.

A pesar de su profundidad en doctrina, todos sus escritos despiden una piedad muy sincera y también muy profunda. Sus obras revelan tras de sí a un contemplativo, y el lector percibe una síntesis armoniosa de elevados pensamientos doctrinales con manifestaciones de amor de Dios que brotan de lo más íntimo del corazón, pues era un hombre de oración y de una rica vida interior.

San Anselmo es fundamentalmente un monje benedictino y como tal seguirá pensando y viviendo, cuando al asumir la pesada carga de la responsabilidad como obispo de Canterbury, sede primada de Inglaterra, lo cual le traerá serias dificultades con el poder político.

San Anselmo conoció el éxtasis y las visiones proféticas.

Este espíritu contemplativo se traduce luego en tres aspectos de sus extraordinaria personalidad: una sincera caridad hacia el prójimo, perfectamente perceptible en muchas de sus cartas; una claridad doctrinal y de pensamiento, que se refleja en sus obras filosófico-teológicas; y una firmeza inquebrantable en la defensa de la verdad, de la fe católica y de la libertad de la Iglesia, como se descubre en su vida pastoral al frente de la sede cantuariense y en su participación en el concilio de Bari.

San Anselmo, fue además un enamorado de las Sagradas escrituras, que siempre somete sus especulaciones a la supremacía de la Biblia.

Por ello no sólo trata de comprender mejor los contenidos de la fe valiéndose de la razón, según su famosa frase “La Fe busca entender” (“fides quaerens intellectum”), sino que la Sagrada Escritura es una fuente esencial de su espiritualidad por el contacto diario que con ella tiene como monje que reza el Salterio y lee y medita otros libros de la Biblia.

En sus escritos se advierte la influencia de San Agustín, siempre presente en la Edad Media europea, no sólo en el pensamiento, sino incluso en la forma

En fin, la propia vida monástica de San Anselmo, como hemos dicho, es la raíz fundamental de su espiritualidad.

LAS ORACIONES Y MEDITACIONES DE SAN ANSELMO, EL HERMOSO PRÓLOGO QUE HACE EL OBISPO Y MONJE:

Al principio del conjunto de Oraciones y Meditaciones que compuso y luego compiló, San Anselmo ofrece unas recomendaciones: “Estas meditaciones u oraciones han sido escritas y publicadas para mover el alma del lector al Amor y al temor de Dios y al examen de sí mismo. No hay que leerlas en medio del tumulto, sino con calma; no apresuradamente, sino lentamente, en pequeños trozos y parándose a reflexionar en ellos. No es necesario que las termine, sino que puede detenerse donde la gracia de Dios más fervor le inspire y más devoción sienta. Tampoco es necesario que comience siempre por el comienzo del capítulo; se puede repetir lo que procure más agrado, porque no he establecido estas divisiones en párrafos para obligar a comenzar aquí o allí, sino con el fin de que la abundancia y la frecuente repetición de las mismas cosas no engendren al fin el disgusto. Ante todo, que el lector sepa recoger aquello para lo cual han sido compuestas estas oraciones: el amor de la piedad”.

Por lo tanto, el autor expresa con claridad que la manera en que deben leerse sus oraciones y meditaciones es el propio de la lectio divina.

Las oraciones y meditaciones de San Anselmo están atravesadas de un profundo espíritu de humildad que quiere infundir en el ánimo de quien las rece, promoviendo en él la conciencia de la condición de pecador, ante la cual se alzan grandiosas la bondad y la misericordia divinas, la dulzura de la mediación mariana y la confianza del auxilio de los ángeles y los santos.

San Anselmo dirige varias oraciones a Dios: la primera, al Padre; de la segunda a la cuarta eleva su plegaria a Jesucristo para llenarse de su amor (oración 2ª), para la recepción de su Sacratísimo Cuerpo (3ª) y por devoción a la Santa Cruz (4ª). Las oraciones 5ª a 7ª, al decir del benedictino P. Julián 5 Alameda, “forman una especie de tratado sobre la devoción a la Virgen, substancial, aunque breve”. Las oraciones 8ª a 17ª están dedicadas a diversos santos, mientras que la 18ª y la 19ª suponen una petición por los amigos y los enemigos. En fin, de las tres meditaciones auténticas, la primera está orientada a excitar el temor, la segunda es una lamentación por la virginidad perdida (entendiendo ésta en sentido espiritual, no carnal, por efecto del pecado) y la última trata sobre la redención del hombre. 5. EN ORACIÓN A JESUCRISTO. San Anselmo es un enamorado de Jesucristo. Es muy bello todo lo que expone sobre la persona del Verbo divino con profundidad teológica en el Monologion y en el Proslogion.

Desde la perspectiva de la devoción, son muy hermosas las oraciones 2ª a 4ª del santo Doctor. En la primera de ellas y como claro reflejo de ese agradecimiento y amor que siente hacia Jesús como Redentor, comienza diciendo: “¡Oh Señor Jesucristo, redención mía, mi misericordia y mi salvación!, te alabo y te doy gracias, y aunque estas alabanzas están muy por debajo de tus beneficios, muy vacías de la verdadera devoción, y sean muy pobres en proporción de la abundancia, que envidio, de tu dulce amor por nosotros, sin embargo sé que te las debo, y no solamente tales cuales son; mi alma se esfuerza y hace lo que puede para pagarte su deuda. ¡Oh esperanza de mi corazón, fuerza de mi alma, auxilio de mi debilidad!, que tu benignidad todopoderosa complete lo que mi tibieza y flojedad no hacen más que ensayar; mi vida, el fin de mi destino es amarte, aunque hasta aquí no haya podido hacerme digno de amarte cuanto debo; pero por lo menos éste es mi deseo”.

De igual modo que lo descubrimos en Santo Tomás cuando éste elabora devotos cánticos al Santísimo Sacramento, San Anselmo muestra una profunda devoción eucarística, hacia ese misterio que también trata de exponer con argumentos teológicos a quienes le plantean dudas acerca de la materia del Sacramento según el uso de los católicos latinos o según el de los greco-ortodoxos. Se ve indigno ante la excelsitud del Cuerpo y la Sangre del Señor, pero confía en su clemencia para poder tratar las especies sagradas y consumirlas con las mejores disposiciones posibles para ser justificado por ellas.

La fe en la presencia real de Cristo y el amor a Él son aquí fundamentales: “Haz, Señor, que los reciba de boca y de corazón, que los sienta por la fe y el amor, de tal manera que por su virtud merezca ser como injertado en ellos, a semejanza de tu muerte y resurrección, y que, por la mortificación del viejo hombre y mi renovación en una vida de justicia, sea digno de ser incorporado a tu Cuerpo, que es la Iglesia”.

También es destacada en San Anselmo, su profunda devoción mariana:

«María, a ti te quiere amar mi corazón —escribe san Anselmo—; a ti mi lengua te desea alabar ardientemente».

Detalles

Fecha:
21 abril, 2017

Local

Recinto sin nombre
Aosta, Italia + Google Map