Comentario del Evangelio, San Juan 14,23-29 CATOLICO

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De las palabras de despedida de Jesús aparece con toda claridad el concepto de la paz: en esas palabras, consuela el Señor como lo hace una madre. Él consuela a los discípulos en la hora de la despedida y consuela a la iglesia a través de la historia, en la que ella sufre nuevamente la hora de la despedida, la hora de su ausencia. Estas palabras no proporcionan ninguna teoría que explique el enigma del mundo, pero administran una certeza que ayuda a vivir.

Pero hay que guardarse de leer mal estas palabras; ellas exigen que se ponga corazón no menos que inteligencia. Sin embargo, si nosotros nos acercamos a tientas pensando en ellas, lo hacemos para penetrar más a fondo en la cercanía de Dios que vive en ellas: «Mi paz os doy…», pero, ¿qué significa eso? Las apariencias parece que contradicen a esas palabras: el mundo está antes y después totalmente falto de paz, y también la iglesia, la cristiandad. Y, asimismo, hay falta de paz en los corazones de los creyentes como individuos. ¿Por consiguiente, qué es lo que se quiere decir con eso? Si el Señor desea a los suyos la paz, esto es simplemente el saludo de despedida del Señor que camina hacia la oscuridad de Gethsemaní. El saludo hebreo suena ni más ni menos que schalom, lo cual nosotros traducimos por «paz», pero también podemos traducirlo por ¡salve! o ¡ave!

En las antiguas formas de saludo o de despedida, acuñadas por los cristianos que nos precedieron, puede advertirse algo que corresponde a lo que venimos diciendo. Así cuando, con las palabras «con Dios» o «adiós», dejamos a aquél que saludamos o despedimos bajo la protección de Dios. Ese es el último saludo de Jesús antes de emprender el camino de la cruz. Su saludo es algo más que una frase retórica convencional. El que va hacia la cruz no puede desear ningún tipo de comodidad superficial. El que proporcionó, a partir de la cruz, después de haber saboreado el abismo de la necesidad humana, la salvación del mundo, no puede desear la paz del olvido, de la comodidad que cuesta poco. Solamente la salida de la cárcel de las cómodas mentiras, solamente la aceptación de la cruz, conduce a la región de la paz efectiva. La psicoterapia sabe hoy que la represión es el fundamento más profundo de la enfermedad y que la curación consiste en bajar al dolor de la verdad; pero ni ella sabe qué es la verdad y si la verdad es, en último término, un bien.

A partir de ahí, podemos dar el último paso. En la liturgia, con toda razón, ambas fórmulas, el «Dominas vobiscum» y el «Pax vobis», son intercambiables entre sí. El mismo Señor es la paz. En su partida, él no saluda únicamente con palabras. Él, que en la cruz eliminó la mentira de la humanidad, que venció y superó su odio, él es la paz. Esta nos viene por la cruz; en su saludo de paz, no nos desea algo, sino que se nos da a sí mismo. Así precisamente estas palabras son la alusión de Juan a la institución de la eucaristía: el Señor se da a sí mismo a los suyos como paz y así se entrega en sus manos: como el pan vivo, él une a la iglesia y reúne a los hombres en el único cuerpo de su misericordia. Pidámosle que nos enseñe a celebrar verdaderamente la eucaristía: a recibir aquella verdad que es amor y, a partir de ahí, convertirnos en hombres de la paz.

Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) El Rostro de Dios: Jesús no nos desea la Paz.

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