Comentario del Evangelio, San Juan 6,24-35 CATOLICO

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Señor, danos siempre de ese pan!

El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él» (Jn 6,56).

Jesús nos habla con ternura cuando se ofrece a los suyos en la santa comunión: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”.

¿Qué más podría darme, mi Jesús, además que su carne en alimento? No, Dios no podría hacer más, ni mostrarme un amor más grande.

La santa comunión, como la palabra misma implica, es la unión íntima de Jesús con nuestra alma y nuestro cuerpo. Si queremos tener la vida y poseerla abundantemente, debemos vivir de la carne de nuestro Señor.

Los santos lo comprendieron tan bien, que podían pasar horas preparándose y más todavía en acción de gracias. ¿Quién podría explicar esto? “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus juicios, exclamaba Pablo, qué irrastreables sus caminos!

¿Quién conoció la mente del Señor? “(Rm 11,33-34). Cuando recibes a Cristo en tu corazón después de partir el Pan Vivo, acuérdate de lo que Nuestra Señora debió sentir mientras el Espíritu Santo la envolvía con su sombra y Ella, que estaba llena de gracia, recibió el cuerpo de Cristo (Lc 1, 26s).

El Espíritu estaba tan fuerte en Ella que inmediatamente “se levantó de prisa” (v. 39) para ir y servir.

Santa Teresa de Calcuta – Jesús, la palabra hablada

Dejémonos transformar por Jesús en la santa eucaristía, vivamos siempre unidos a El

Que así sea.

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