Comentario del Evangelio, San Mateo 13: 10-17 CATOLICO

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El Fragmento que leemos hoy de la Sagrada Escritura, concluye con una gran afirmación:

«Muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros.»

Decía San Pedro Crisólogo: «Que nadie, pues, piense que Dios se ha equivocado viniendo a los hombres a través de un hombre. Se ha encarnado entre nosotros para ser visto por nosotros.»

Antes el Señor nos llama a la constancia en el discipulado para poder entender su llamado a las cosas celestes:

«A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. 

Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. 

Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.»

Este último párrafo se aplica a quienes sin entrar en la vida de sacramentos, sin dejarse transformar por la iglesia, la misa, la participación en la comunidad, la oración personal constante, pretenden descalificar a los hombres de Dios, o a las cosas sagradas.

Ellos no entienden, porque no siguen al maestro. Porque no le dan el lugar central en su vida.

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Debemos rezar para que cada vez más almas se acerquen a Dios como tierra fértil, dispuestos a escuchar y a seguir a Cristo en primer lugar.

En ese seguimiento cercano a Cristo aprenderemos a:

Volver siempre a la casa del Padre con mucha humildad como el hijo pródigo.

Abrir nuestro corazón al prójimo dándole nuestro tiempo y tomando riesgos para hacer las obras de caridad material y espiritual como el buen samaritano.

Encontraremos la fuerza para ir a buscar la oveja perdida como el buen pastor, y nos alegraremos de que Cristo, verdadero pastor, nos encuentre y nos rescate de nuestra oscuridad.

Buscaremos la santidad con tantas ganas y decisión como lo hizo la mujer de los diez talentos que había perdido una moneda.

Estaremos atentos como las prudentes de las diez vírgenes para esperar al Señor con la lámpara encendida.

Tendremos mucho cuidado en no caer en el egoísmo y la indiferencia del rico Epulón hacia el pobre Lázaro.

Cuidaremos mucho que el demonio no nos tiente y nos haga creer que Dios no ve lo que hacemos como el mayordomo infiel.

Tendremos mucho cuidado en juzgar con dureza a nuestros deudores y a quienes nos ofenden como hizo el siervo sin entrañas que no quiso perdonar en lo poco a pesar de ser perdonado en lo mucho.

Estaremos atentos a acudir a todas las fiestas del señor y con traje de gala, como nos enseñó Cristo en la parábola de los convidados a las bodas.

Tendremos una fe firme que sabe que como el grano de mostaza, esa fe aún que comience pequeña, ocupará el lugar central en nuestra vida y en ella nos podremos dar sombra a nosotros y a nuestros prójimos.

Buscaremos siempre ser tierra fértil para el sembrador,sin permitir que las tentaciones, los deseos mundanos, las preocupaciones de este mundo nos absorban nuestra atención que ha de ser de Dios en primer lugar.

Evitaremos rezar y sentirnos como el fariseo, y en cambio pediremos al Señor tener siempre la humildad y la autocrítica sencilla del publicano.

Sabremos que el Señor nos espera hasta el final, y pagará a todos sus obreros con la misma generosidad, aún a los que lleguen a última hora.

Y aprenderemos a convivir con paciencia con la cizaña, que se mezcla con el trigo, sabiendo que el Señor en el Juicio Final separará ovejas de cabritos.

Así, escuchar la Palabra de Jesús, será dejar que la Palabra de Dios entre en nuestras vidas y nos transforme desde una lógica que la vida de la fe va develando en la medida que nos hacemos amigos y discípulos del Señor.

Pidamos la gracia de siempre querer crecer con la Sagrada Palabra, de nunca dudar que la Palabra del Señor es poderosa, y que con su Gracia, es capaz de dar en nuestra débil condición, fruto de buenas obras.

Que así sea.

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