Comentario del Evangelio, San Mateo 8,18-22 CATOLICO

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Nuestro Señor es todo lo contrario del mundo. Porque los mundanos sólo tienen por felices a los ricos porque las riquezas permiten hacer todo lo que uno quiere. Al ver a un hombre rico se dice: Dejémosle sitio, es un señor. Y nuestro Señor dice: Felices los pobres de espíritu…

Ya pueden ir por el mundo predicando la pobreza; ¿quién les va a escuchar? Podéis exaltar todo lo que queráis la santa humildad: decidme: ¿a quién podréis persuadir?

Gritad repetidas veces que los pobres son bienaventurados; que por eso no va nadie a querer ser pobre; sólo querrán serlo aquellos a quienes el Espíritu Santo ha concedido el don de sabiduría, el cual hace gustar a las almas la dulzura que hay en el servicio de Dios y en la práctica de las virtudes.

Porque esas almas reciben mil dulzuras y contentos en medio de su pobreza, su mortificación y los ejercicios de religión, pues es a ellas a las que especialmente reparte sus dones el Espíritu Santo; sin embargo, no deben buscar en la religión sino a Dios y la mortificación de sus pasiones, pues si buscasen otra cosa, jamás encontrarían allí el consuelo que pretenden…

Sabéis que el gran San Pablo dijo de él y de los demás apóstoles que porque servían a su Maestro y despreciaban el mundo, eran reputados por los mundanos como las barreduras y los pellejos de las manzanas, que por ser cosas tan viles se las tira.

Mirad lo que dice el apóstol: «He reputado todo como fango y basura para ganar a Cristo y su gracia.» Como él, esas almas miran todo lo del mundo como fango y basura, y lo han dejado todo: padres, riquezas y contentos que podían haber esperado. Y se han retirado al Monasterio para ganar a Cristo y su gracia, dedicándose a la práctica de la santa humildad, haciéndose así dignas de recibir los favores de su divino Esposo.