Comentario del Evangelio, San Mateo 5: 43-48 CATOLICO

El comentario del padre Daniel al Santo Evangelio según san Mateo 5, 43-48.

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Continuando el discurso que veíamos ayer, el Señor Jesús sigue insistiendo para que vivamos la Nueva Ley que viene a perfeccionar los mandamientos de la antigua alianza.

Sabemos que los que siguen las leyes del mundo, los que piensan y valoran como el mundo, no son felices, porque no tienen la verdadera paz del alma y corren peligro de condenarse eternamente si no se arrepienten a tiempo.

Nuestro Buen Jesús quiere salvarnos, y por eso nos sigue pidiendo que agrandemos el corazón para que se convierta en un corazón generoso como el suyo, donde reine la misericordia, el perdón, el amor, la pureza y los deseos de santidad.

Pedir a Dios un corazón semejante al suyo, es pedir a Dios algo que sólo su omnipotencia es capaz de hacer. Pero para Dios nada es imposible, Él es capaz de los milagros.

Amar a los enemigos como nos pide Cristo, es vivir la lógica de las Bienaventuranzas y no la lógica del mundo.

Esto como reflexionábamos ayer, tiene doble premio, en el más allá y en esta vida terrenal.

Ser capaces de amar al enemigo, saludar al que no nos saluda, o nos mira mal, es vivir la lógica de las Bienaventuranzas, que a la misma vez nos lleva hacia la gloria eterna del paraíso, y es también la manera de llevar una vida verdaderamente feliz, en cuanto esto sea posible en este mundo.

Dios nos ama a todos y, por eso, nos pide que sepamos amar como él ama: «¡Sean perfectos como es perfecto el Padre celestial!”.

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Sin fe, parece imposible poder hacer en nuestra vida esto que el Señor nos manda:

“¿Cómo se puede hacer? Jesús nos dice: «rezad, rezad por vuestros enemigos.»

Pidamos siempre al Señor por nuestros enemigos, y por todos aquellos a quienes somos antipáticos o lo podamos haber sido.

Y pidamos también recordar siempre que debemos, con la Gracia de Dios, rechazar la lógica de este mundo y abrazar la lógica de las Bienaventuranzas para gozar de una paz y un contento interior, que es principio, aunque imperfecto, de la felicidad eterna.