Comentario del Evangelio, San Juan 19,31-37 CATOLICO

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Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso. Fíjate lo poco que cuesta pronunciar estas palabras y lo profundo que es su significado. Es Dios y es Padre: Dios por el poder, Padre por su bondad. ¡Qué felices somos los que en Dios hemos hallado a nuestro Padre! Creamos, pues, en él y prometámonos todo de su misericordia, porque es todopoderoso: por eso creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso.

Que nadie diga: no me puede perdonar los pecados. ¿Cómo no va a poder el todopoderoso? Pero insistes: he pecado mucho. Y yo te replico: pero es todopoderoso. Y tú vuelves a la carga: He cometido tales pecados, que nunca podré ser liberado o purificado. Respondo: y sin embargo, él es todopoderoso.

El perdón de los pecados. Si esto no se diese en la Iglesia, no habría ninguna esperanza. Si en la Iglesia no hubiera perdón de los pecados, no habría ninguna esperanza de vida futura y de eterna liberación. Damos gracias a Dios por haber otorgado a la Iglesia este don.

He aquí que pronto te acercarás a la fuente santa, serás purificado en el bautismo, quedarás renovado por el saludable baño del segundo nacimiento; al salir de aquel baño, estarás limpio de todo pecado.

Todo el pasado que te perseguía será allí cancelado. Tus pecados eran semejantes a los egipcios que salieron en persecución de los israelitas: los persiguieron, pero hasta el mar Rojo. ¿Qué significa hasta el mar Rojo? Hasta la fuente bautismal consagrada por la cruz y la sangre de Cristo. Pues lo que es rojo, enrojece. ¿No ves cómo enrojece la heredad de Cristo?

Pregunta a los ojos de la fe. Si ves la cruz, fíjate también en la sangre; si ves lo que cuelga, fíjate en lo que derramó. La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio. Por eso, el bautismo, es decir, el agua en que eres inmerso, va marcado con el signo de Cristo, y es como si atravesaras el mar Rojo. Tus pecados son tus enemigos: te siguen, pero hasta el mar.

Una vez que hayas entrado, ellos serán aniquilados: lo mismo que ocurrió con los israelitas: ellos caminaban a pie, mientras que a los egipcios los cubrió el agua. Y ¿qué dice la Escritura? Y ni uno solo se salvó. Sean muchos o pocos tus pecados, sean graves o leves: ni el más pequeño se salvó. Pero como quiera que nuestra victoria se sitúa en este mundo, en el que nadie puede vivir sin pecado, el perdón de los pecados no es exclusivo de la sola ablución bautismal, sino que está también vinculado a la oración dominical y cotidiana, que recibes a los ocho días. En ella encontraras algo así como tu bautismo de cada día, para que puedas dar gracias a Dios, que otorgó a su Iglesia este don.

Agustín de Hipona – Sermón: La lanza traspasó el costado de Cristo y manó nuestro precio

 

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