Comentario del Evangelio, San Marcos 12,18-27 CATOLICO

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El Evangelio de hoy nos habla de la resurrección de los muertos.

El texto, sin duda, nos llama a reflexión acerca de nuestra vida y de nuestra muerte. Y, la realidad de la fe nos llena de confianza al descubrir que ambas realidades van de la mano.

Nuestra vida en la tierra es un peregrinaje al encuentro definitivo con el Señor. Por eso, preguntémonos si nuestra vida está orientada a Dios y animémonos a decirle a Él: aquí estoy y todo lo mío es tuyo.

Así, para quien comprende que la salvación del alma es la prioridad de su vida espiritual, todo lo que no esté orientado a este fin, no tiene auténtico sentido.

El Credo, esa oración tan importante que rezamos todos los domingos en la misa, nos enseña que todos los hombres resucitarán, volviendo a tomar cada alma el cuerpo que tuvo en esta vida. Esto sucederá porque para Dios omnipotente, nada es imposible.

La resurrección de los cuerpos será para que, el alma de quienes hayan muerto en gracia de Dios sea premiada, y la de quienes se hayan dedicado a obrar el mal y hayan rechazado a Dios hasta el último instante sea castigada.

Así, enseña el magisterio de la Iglesia, sólo los que hayan aceptado la misericordia divina tendrán un cuerpo glorioso, a semejanza de Jesucristo resucitado.

¿Cómo actuará entonces la misericordia de Dios?

La misericordia del Señor ya está con nosotros, desde que Dios prometio a Adán, el Redentor divino o Mesías, para librar a los hombres de la esclavitud del demonio y del pecado. La venida de Cristo al mundo, su pasión y muerta es la misericordia divina, que nos redime de nuestro pecado.

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Sabemos que Jesús es el Camino que conduce al Padre, por eso, hagamos el propósito de seguir sus pasos, de imitarlo, con el testimonio de una vida coherente en la fe.

Recordemos lo que rezamos al final del Credo cuando decimos: «Creo en la vida eterna», lo que significa que estamos totalmente seguros que después de la vida presente, hay otra, eternamente bienaventurada para los que han aceptado la Gracia de Dios y se han santificado, o eternamente infeliz para los que por rechazar a Dios hasta el último momento de su vida se hayan condenado al infierno.

La clave de la solución a todos los problemas y dificultades de la vida está en Dios: Pongamos en Él nuestra confianza y actuemos en consecuencia. Y recordemos que la única tristeza verdadera en la vida es no ser santos.