Oración a San José Benito Cottolengo

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Hoy 30 de abril la Iglesia celebra a San José Benito Cottolengo, protector de los pobres, enfermos y abandonados. Presbítero y Fundador de la La Pequeña Casa de la Divina Providencia

Oh San José Cottolengo, que fuiste tan piadoso en la tierra con los desprotegidos y sufrientes, ten piedad de mí y obtiene para mí la siguiente gracia…(pedir la gracia) de la cual tengo tanta necesidad.

Rezar: Padre nuestro, Ave María y Gloria

Tu que en la tierra te dedicaste con tanto amor a ayudar en cada situación de miseria, ten piedad de mí y ayúdame a obtener la siguiente gracia….(pedir la gracia) de la cual tengo tanta necesidad, confiado en la Divina Providencia.

Rezar: Padre nuestro, Ave María y Gloria

San José vuelve tu mirada de misericordia sobre mí, mira cómo son urgentes mis necesidades y cómo es grande mi dolor. Ayúdame frente a Dios a obtener la gracia que tanto necesito, yo confío en tu intercesión.

Amén.

Rezar: Padre nuestro, Ave María y Gloria

SAN JOSE BENITO COTTOLENGO

José Cottolengo nació en Bra, un pueblo al norte de Italia. Fue el mayor de doce hermanos, y estudió con mucho provecho hasta conseguir el diploma de teología en Turín.

Después fue coadjutor en Corneliano de Alba, en donde celebraba la Misa de las tres de la mañana para que los campesinos pudieran asistir antes de ir a trabajar. Les decia: “La cosecha será mejor con la bendición de Dios”.

Luego fue nombrado canónigo en Turín. Aquí tuvo que asistir, impotente, a la muerte de una mujer, rodeada de sus hijos que lloraban, y a la que se le habían negado los auxilios más urgentes, porque era sumamente pobre. Entonces José Cottolengo vendió todo lo que tenía, hasta su manto, alquiló un por de piezas y comenzó así su obra bienhechora, ofreciendo albergue gratuito a una anciana paralítica.

A la mujer que le confesaba que no tenía ni un centavo para pagar el mercado, le dijo: “No importa, todo lo pagará la Divina Providencia”. Después del traslado a Valdoceo, la Pequeña Casa se amplió enormemente y tomó forma ese prodigio diario de la ciudad del amor y de la caridad que hoy el mundo conoce y admire con el nombre de “Cottolengo”. Dentro de esos muros, construidos por la fe, está la serene laboriosidad de una república modelo, que le habría gustado al mismo Platón.

La palabra “minusválido” aquí no tiene sentido. Todos son “buenos hijos” y para todos hay un trabajo adecuado que ocupa la jornada y hace más sabroso el pan cotidiano.

Les decía a las Hermanas: “Su caridad debe expresarse con tanta gracia que conquiste los corazones. Sean como un buen plato que se sirve a la mesa, ante el cual uno se alegra”. Pero su buena salud no resistió por mucho tiempo al duro trabajo. “El asno no quiere caminar” comentaba bonachonamente.

En el lecho de muerte invitó por última vez a sus hijos a dar gracias con él a la Providencia. Sus últimas palabras fueron: “In domum Domini íbimus” (Vamos a la casa del Señor). Era el 30 de abril de 1842.

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