Comentario del Evangelio San Lucas 9,28b-36 CATOLICO

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«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

Jesús sube a una montaña alta, el monte Tabor. Allí encima, Jesús aparece en la gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Junto con Jesús aparecen Moisés y Elías.

“El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo” (9, 35).

La presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. ” (Último Ángelus del Papa Benedicto XVI – 26 febrero, 2013).

El evangelio muestra que la Cruz era el camino para la Gloria. No hay otro camino.

Elías y Moisés, las dos mayores autoridades del Antiguo Testamento, conversaban con Jesús. Moisés representa la Ley, Elías, la profecía.

Así queda claro que el Antiguo Testamento, tanto la Ley como los Profetas, enseñaban ya que para el Mesías, el camino de la gloria tenía que pasar por la cruz.

“Por tanto, Jesús escucha la Ley y los profetas que le hablan de su muerte y resurrección. En su diálogo íntimo con el Padre, no se sale de la historia, no huye de la misión para la que vino al mundo, a pesar de que sabe que para llegar a la gloria tendrá que pasar a través de la Cruz.

Es más, Cristo entra más profundamente en esta misión, adhiriendo con todo su ser a la voluntad del Padre, y nos demuestra que la verdadera oración consiste precisamente en unir nuestra voluntad con la de Dios.” (SS. BENEDICTO XVI – domingo, 4 marzo 2007)

A Pedro le gusta y quiere asegurarse ese momento agradable en la Montaña. Se ofrece para construir tres tiendas.

Comenta San Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78, 3).

La voz del cielo aclaró los hechos. Cuando Jesús es envuelto en la gloria, una voz del cielo dice: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco; escuchadle”.

Los discípulos son introducidos poco a poco en toda la profundidad del misterio de Jesús, el Mesías glorioso, cuyo camino para la gloria pasa por la cruz. La gloria de la Transfiguración lo comprueba. Moisés y Elías lo confirman. El Padre lo garantiza. Jesús lo acepta.

Ante todo lo que estaba aconteciendo, los discípulos quedan con mucho miedo y caen rostro en tierra.

Jesús se aproxima, los toca y dice: “Levántense y no tengan miedo.”

Los discípulos levantan los ojos y ven sólo a Jesús y a nadie más. De aquí en adelante, Jesús es la única revelación de Dios para nosotros. Jesús, y solamente él, es la clave para poder entender la Escritura y la Vida.

La Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que “Jesús solo” sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia.

Jesús pidió a los discípulos que no dijeran nada a nadie hasta que él hubiese resucitado de los muertos.

La Cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene sino caminando con él por el camino de la Cruz.

“Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado.

En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. “Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).” (SS. BENEDICTO XVI – Domingo 6 de agosto de 2006).

Invoquemos la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa, para que nuestra existencia quede transformada por la luz de su presencia.