Comentario del Evangelio, San Marcos 7, 24-30 CATOLICO

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«… una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de él y fue a postrarse a sus pies… era pagana… le pidió que expulsara de su hija al demonio… «…los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos» «…A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija».«

En el fragmento del Evangelio que leemos hoy, vemos planteada la cuestión de los destinatarios de la salvación divina que Cristo vino a traernos.

La antigua alianza de Dios era con un pueblo elegido, el pueblo judío. Con Cristo la fe se hace universal. Ya no hace falta ser parte del pueblo judío, en el sentido carnal. Basta la fe del que reconoce el Dios del pueblo judío como el Dios verdadero, para hacerse partícipe de la salvación prometida.

La mujer pagana pide, postrándose a los pies de Jesucristo, por la curación de su hija, y el Señor le indica la prioridad que tenían a los ojos de Dios los judíos, dándole a entender que no se puede ser pagano y creyente a la misma vez.

Entonces ella lejos de sentirse ofendida o rechazada insiste con humildad, mostrándose dispuesta a reconocer con claridad la superioridad del Dios de Israel, al verse a sí misma como «el cachorro que recoge las migas de la mesa de los hijos».

Cristo entonces cura a su hija y expulsa al demonio que la poseía. Y da una razón de su proceder. Le dice a la mujer:«por lo que has dicho…», es decir por haber expresado una gran fe, una gran humildad y un reconocimiento al Dios de Israel.

Cristo parece mostrar en principio una dureza frente al pedido de la mujer por su hija, pero en realidad es su Amor que busca la salvación el que haciendo esforzarse a la mujer, no sólo cura a su hija del demonio que la poseía, sino que a la vez hace ver a la madre la necesidad de abandonar el paganismo y reconocer al verdadero Dios, salvándola también a ella.

Ese es el camino del diálogo ínter-religioso. Ver a todos los pueblos como llamados a la conversión a la verdadera fe. Y predicarles que si se postran con humildad frente a Cristo y tienen fe, se salvarán, que también hay lugar para ellos en la barca de Pedro que es la Santa Iglesia Católica.

Tenemos la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es camino, verdad y vida (Jn 14,5) en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas.

Que el Señor nos de la gracia de la cananea, de ser humildes, acercarnos al Señor con devoción y reconociendo su divinidad, encontrando siempre en la oración humilde y confiada el modo de llegar al corazón de Jesús.

Que así sea.

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