Comentario del Evangelio, San Lucas 10,1-9 CATOLICO

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«En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes’.»

Hoy el Evangelio nos llama la atención sobre dos puntos esenciales de la vida de fe, que están en íntima relación uno con el otro.

Nos habla de Sanación (curar a los enfermos) y de anunciar la vendida del Reino de Dios (La misión de evangelizar).

Una cosa va de la mano de la otra. Sólo anunciando el Reino de Dios, primero a nosotros mismos, y luego a todos nuestros prójimos es que dejamos entrar a Dios a nuestras vidas, a ese Dios que nos sana de verdad.

Sin poner a Dios en el centro de nuestras vidas, y hacer de su misión lo más importante, no podremos recibir su sanación profunda.

El Señor enviará su gracia para que le abramos la puerta, pero siempre esperará nuestra respuesta antes de entrar. Sólo quién acepta la misión se abre a la sanación.

Por eso el Evangelio pone una condición para elegir a quienes anunciar la llegada del Reino de Dios. Ese anuncio lo debemos hacer a todos los que «les reciban y les den de comer».

Es decir a todos los que sean humildes y valoren ese mensaje que están recibiendo. Todos los que, cuando ustedes vayan a predicarles, les den trato de amigos y pongan la actitud necesaria para dejarse empapar por el agua de vida eterna que Jesucristo quiere darnos de beber.

Para eso hace falta dejar atrás el orgullo y sus malas inspiraciones. Es muy triste ver cómo el orgullo enferma, como cierra caminos a la sanación que viene de Dios.

Es cómo cuando en una tarde de lluvia vemos caer las gotas de agua que corren por los vidrios de una ventana. Esas gotas están tan cerca de nosotros pero no nos alcanzan, no entran en nuestra casa. Así sucede con la palabra de Dios cuando la escuchamos con oídos cerrados por el orgullo, cuando es pensada por mentes que de creerse autosuficientes se hacen impermeables al agua de sanación que nos trae Cristo.

Es de nuevo y una vez más que el Señor nos llama a ser humildes, tanto como para ser capaces de recibir dos dones en uno, tan cercanos que se confunden en un sólo don: La misión y la sanación.

Siendo misioneros del Señor, creyendo que su Reino está cerca, haciendo de esa esperanza lo central de nuestras vidas, y dedicándonos a anunciarlo, recibiremos la sanación del Señor y en su nombre curaremos a todos los enfermos que nos reciban con humildad y con interés, no por nosotros mismos, sino por ese Dios que nos manda a difundir su mensaje.

Que el Señor nos de esa Gracia. Que María Santísima, discípula y misionera, medianera de las gracias de su divino Hijo, interceda por nosotros.

Que así sea.