Comentario del Evangelio, San Marcos 2, 18-22 CATOLICO

El Señor con su gracia purifica todo nuestro ser, desde lo más profundo.

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“¡A vino nuevo, odres nuevos!”.

Cristo Jesús, es Dios creador. Dios que todo ha creado es capaz de renovarlo todo las veces que quiera. Basta confiar en Él y dejarse transformar totalmente.

A esto refiere el pasaje del Evangelio que leemos. Una renovación total, un cambio desde las bases. No sirve una conversión que no se traduzca en un cambio total de costumbres y creencias.

No podríamos decir que nos hemos convertido a Cristo si mantenemos costumbres contrarias a los caminos del Señor. La conversión implica entrega absoluta a la Gracia divina, un dejarse cambiar, un querer pensar como Dios, ver como Dios y actuar en todo la voluntad de Dios.

Si antes de seguir a Cristo eramos amigos del chisme, ya no lo seremos. Si eramos duros y egoístas, dejaremos de serlo. Si nos dejábamos atrapar por diversiones y actividades que no agradan a Dios, no lo haremos más. Si nos dejábamos llevar por la superstición, los horóscopos, la magia y otras cosas parecidas, abandonaremos todo esto.

Al menos esa ha de ser nuestra clara decisión, apuntalada por la oración y la vida de sacramentos, y confiados en que la Gracia del Señor hará su trabajo en nosotros.

Así, aunque caigamos en pecado, ya estaremos viviendo en el camino hacia la vida nueva. Habremos dejado atrás los recipientes viejos, y empezaremos a buscar el vino de la Alegría del Señor en el nuevo recipiente del discípulo. Ya no nos vestiremos con los oscuros y malolientes vestidos del mundo, sino con los luminosos y fragantes del Evangelio de Jesucristo, nuestro Señor y Dios omnipotente.

El Señor ha vencido a la muerte. Él puede renovarnos. Pidamos la gracia de hacer de ello nuestra esperanza y razón demás para mantenernos cerca de la confesión frecuente.

Que así sea.

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