Comentario del Evangelio, San Marcos 2, 13-17 CATOLICO

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«No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores». 

¿Sobre qué puedo esperar, o en quién debo confiar sino solamente en la gran misericordia de Dios, y en la esperanza de la gracia celestial?

Sostenme fuertemente mi Señor Jesús, en la vida y en la muerte, yo me encomiendo a tu fidelidad; que sólo Tú me puedes ayudar cuando todos me han dejado en el abandono.

¡Oh Señor, que has venido como médico a tus enfermos, cuán necesaria me es tu gracia para comenzar a hacer el bien, para crecer en él y para perfeccionarlo! Porque sin tu Gracia ninguna cosa puedo hacer; mas en Tí todo lo puedo, confortado con ella.

Acuérdate, Señor, de tus misericordias, se hinche mi corazón de tu gracia, pues no quieres que estén tus obras vacías. ¿Cómo me podré sufrir esta mísera vida, si no me reconforta tu gracia?

No me vuelvas el rostro, no demores tu visita, no desvíes tu consolación, porque no sea mi ánima como la tierra sin agua.

Señor, enséñame a hacer tu voluntad: enséñame a conversar ante Tí digna y humildemente; que Tú eres mi sabiduría, que en verdad me conoces, y conociste antes que el mundo se hiciese, y yo en el mundo naciese.

Es cosa maravillosa por cierto, como tan de repente soy levantado sobre mí, y abrazado por Tí con tanta benignidad, siendo así que yo, según mi propia pesadez, si no es por tu amor, siempre voy hacia abajo.

Esto Señor hace tu amor, que sin méritos míos me previene, y me socorre en tanta multitud de necesidades, guardándome también de peligros, librándome, para decir verdad, de innumerables males.

Porque yo me perdí amándome, pero buscándote a Tí sólo y amándote puramente, me hallé a mí, y a Tí: y por el amor me reduje más profundamente a mi nada.

Porque tú, oh dulcísimo Señor, haces conmigo mucho más de lo que merezco, y más
de lo que me atrevo a esperar o pedir.

Bendito seas, Dios mío, que aunque soy indigno de todo bien, tu nobilísima e infinita bondad nunca cesa de hacer bien aún a los desagradecidos y muy desviados de Tí.

Conviértenos a Tí para que seamos agradecidos, humildes y devotos; que Tú eres
nuestra salud, virtud y fortaleza.

Que siempre lo recordemos.

  • Extraído y adaptado del Libro la imitación de Cristo de Tomás de Kempis.

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