Comentario del Evangelio, San Marcos 1, 40-45 CATOLICO

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«Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

“Lo quiero, queda purificado”.

Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo, y cuantas cosas poseemos de fuera o de dentro, natural o sobrenatural, son beneficios recibidos de Cristo. En Él somos purificados.

Creer a las palabras de Dios, creer a sus santos y a sus profetas, es lo que hace huir  al enemigo que nos retiene en la impureza. Es Cristo el que nos ilumina y nos limpia.

Quién se convierte a Dios enteramente, y se hace de Cristo, es despojado de la torpeza, y mudado en un nuevo ser iluminado por su Gracia.

El cristiano que se ejercita y medita devotamente en la vida y pasión santísima del Señor, halla allí todo lo útil y necesario para el mismo, y ya no tiene necesidad de buscar algo mejor fuera de Jesucristo.

¡Oh si viniese a nuestro corazón Jesucristo crucificado, cuán presto y cuán de verdad seríamos purificados!

Amar y servir sólo a Dios, es la mayor sabiduría, así por el camino del desprecio del mundo ir hasta el Reino de los Cielos, dejando toda impureza que nos ata al mundo, y alimentándonos de Cristo verdadera comida y verdadera bebida, por el santo camino de sus santos Sacramentos.

El fruto de la purificación que viene de Cristo es desear únicamente a Dios por sobre todas las cosas, y ofrecernos a El para hacer su divina voluntad en todo momento. Sólo de esa manera estaremos seguros de haber recibido la Gracia del Señor, que nos mantendrá firmes en medio de las tentaciones y dificultades.

Purifícame, Señor, con tu gracia, purifícame, Señor, con la lluvia de tu gracia. Purifícame, lléname Señor, de alegría y al entrar en tu morada purifícame.

«Rocíame con agua, y quedaré limpio; lávame y quedaré más blanco que la nieve. Haz que sienta otra vez júbilo y gozo y que bailen los huesos que moliste. Aparta tu semblante de mis faltas, borra en mí todo rastro de malicia. Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renueva en mi interior un firme espíritu. No me rechaces lejos de tu rostro ni me retires tu espíritu santo. Dame tu salvación que regocija, y que un espíritu noble me dé fuerza.» (Salmo ).

Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Que así sea.

  • Comentario extraído y adaptado del Libro la imitación de Cristo de Tomás de Kempis.

 

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