Comentario del Evangelio, San Juan 1, 19-28 CATOLICO

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«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia». 

Comentario de Su Santidad Benedicto XVI (7 de enero de 2007 – Capilla Sixtina):

«El bautismo bautismo de Juan era un gesto humano, un acto de penitencia; era el esfuerzo humano por dirigirse a Dios para pedirle el perdón de los pecados y la posibilidad de comenzar una nueva vida. Era sólo un deseo humano, un ir hacia Dios con las propias fuerzas.

Ahora bien, esto no basta. La distancia sería demasiado grande. En Jesucristo vemos que Dios viene a nuestro encuentro.

En el bautismo cristiano, instituido por Cristo, no actuamos sólo nosotros con el deseo de ser lavados, con la oración para obtener el perdón. En el bautismo actúa Dios mismo, actúa Jesús mediante el Espíritu Santo.

En el bautismo cristiano está presente el fuego del Espíritu Santo. Dios actúa, no sólo nosotros. Dios está presente hoy aquí. Él asume y hace hijos suyos a vuestros niños.

Pero, naturalmente, Dios no actúa de modo mágico. Actúa sólo con nuestra libertad. No podemos renunciar a nuestra libertad. Dios interpela nuestra libertad, nos invita a cooperar con el fuego del Espíritu Santo.

Estas dos cosas deben ir juntas. El bautismo seguirá siendo durante toda la vida un don de Dios, el cual ha grabado su sello en nuestra alma. Pero luego requiere nuestra cooperación, la disponibilidad de nuestra libertad para decir el «sí» que confiere eficacia a la acción divina.

Cuando bautizamos niños pequeños, que son aún incapaces de colaborar, de manifestar su fe, tiene un gran valor y significado particular la presencia de los padres y madres, y la de los padrinos y madrinas.

Ellos deben velar siempre sobre sus niños, para que al crecer aprendan a conocer a Dios, a amarlo con todas sus fuerzas y a servirlo con fidelidad.

Tienen que ser para ellos los primeros educadores en la fe, ofreciéndoles, además de enseñanzas, también ejemplos de vida cristiana coherente. Deben enseñarles a orar y a sentirse miembros activos de la familia concreta de Dios, de la comunidad eclesial.

Para ello puede ayudar mucho el estudio atento del Catecismo de la Iglesia católica o del Compendio de ese Catecismo. Contiene los elementos esenciales de nuestra fe y podrá ser un instrumento muy útil e inmediato para crecer vosotros mismos en el conocimiento de la fe católica y para poderla transmitir íntegra y fielmente a vuestros hijos y nietos.

Sobre todo, no olvidéis que es vuestro testimonio, vuestro ejemplo, lo que más influirá en la maduración humana y espiritual de su libertad. Aun en medio del ajetreo de las actividades diarias, a menudo vertiginosas, no dejéis de cultivar, personalmente y en familia, la oración, que constituye el secreto de la perseverancia cristiana.

A la Virgen Madre de Jesús, nuestro Salvador, presentado en la liturgia de hoy como el Hijo predilecto de Dios, encomendemos a estos niños y a sus familias: que María vele sobre ellos y los acompañe siempre, para que realicen completamente el plan de salvación que Dios tiene para cada uno.

Amén.