Comentario al Santo Evangelio según San Lucas 2,22-35, Católico

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Cuando se cumplieron los días de la purificación según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor«, nos dice el Evangelio de hoy, relatando la presentación del Niño en el Templo.

En el Templo, la Sagrada Familia se encuentra con el anciano Simeón, que les anuncia el cumplimiento de la profecía de David y explota en canto jubiloso a Dios que en ese momento ha dado sentido a toda su vida.

Y en su gozo Simeón dice a Dios:

“Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos”.

Es que el momento en que reconocemos a Dios, y creemos, damos sentido a toda nuestra vida. Y en Cristo conocemos a Dios de la mejor manera, en su Amor infinito que lo lleva a encarnarse en un pequeño niño. Esa es nuestra fe.

San Juan Pablo II decía analizando este fragmento del Evangelio:

“La plenitud del Espíritu de Dios viene acompañada por la disponibilidad interior que proviene de la fe. De ello, el anciano Simeón, ‘hombre justo y piadoso’, tuvo la intuición en el momento de la presentación de Jesús en el Templo”.

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Es por ello que podemos decir que el himno que canta Simeón es, justamente, es su vida que canta agradecida.

Simeón era un anciano y llevaba años y años perseverando en oración y pidiendo la gracia de poder estar frente al Salvador. La perseverancia en la oración es una gran virtud en el anciano y en nosotros.

Él no perdió la fe en las dificultades, es más la acrecentó.

Los momentos difíciles, el desanimarse, la tentación de dejar de creer, o creer a medias, tibiamente; no pudieron con la Gracia de Dios apoyada en la fe y perseverancia de Simeón, que sabía que Dios no defrauda.

Este hombre no cesó de recurrir con fe, una y otra y otra vez al Templo del Señor, en espera de que el Señor se revelara frente a él.

En esta octava de Navidad, es bueno rezar frente al Pesebre, contemplando a Dios que se nos revela en un pequeño niño que viene a salvarnos.

Pidamos al Niño la gracia de la perseverancia final para así poder también cantar al final de nuestra vida:

“Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto la salvación”.

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