Comentario del Evangelio, San Lucas 1, 46-56 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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“Mi alma canta la grandeza del Señor,…Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.”

¿Es la grandeza del Señor algo que cambia los equilibrios sociales del mundo?

¿Es para Dios importante el tener o no tener más o menos cosas, ser o no ser más o menos “importante” en términos del mundo?

¿Tiene que ver la grandeza de Dios con un sentido de justicia? Y en su caso… ¿En que consiste esa justicia?

Podemos decir como María, “mi alma canta la grandeza del Señor”… Porque el Señor es grande, bendito sea el Señor.

Ahora, entender esa grandeza, relatarla a nuestros prójimos, no es cosa simple, no para nosotros y nuestra pequeñez.

Pero María, nuestra Santa Madre, la Virgen Purísima e inmaculada nos dice que la grandeza del Señor se relaciona con una justicia, una justicia que no es de este mundo.

En este mundo, ricos y poderosos son objeto de atenciones y lisonjas; mientras pobres y humildes son despreciados y olvidados.

Pero esto no es un llamado a la política de clases ni nada parecido. De hecho, tantos son los proclamados “pobres” según el mundo, que son tan fríos e indiferentes al prójimo, como esos “ricos y poderosos” de los que habla el Evangelio.

Y a la vez son tantos los humildes de corazón, amantes del Señor, que o no tienen nada, o si lo tienen actúan como si eso que tienen no valiera nada, porque saben que nada vale en comparación con la Gracia del Señor, que todo lo vale.

Ahora con gran humildad y amor a nuestro creador, podemos decir con el Espíritu de Dios:

Bendito sea el Señor. Mi alma canta su grandeza. El derribó a los soberbios de sus tronos.

De sus tronos de impiedad, de sus tronos de mundanidad, de sus tronos de vanidad, de sus tronos de idolatría al dinero, al poder, al placer. El Señor reina, y todo trono o dominación que no se acomode a su Espíritu caerá, y será sustituido por el poder del que es humilde y manso de corazón, y que en ese Espíritu reina eternamente.

Esa es nuestra esperanza.

Que así sea.

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