Comentario del Evangelio, San Marcos 1,1-8 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«…aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.»

La humildad es la llave del Cielo. Cristo que lava los pies de los discípulos, que enseña a ser el último para ser el primero, que pide humillarse para ser ensalzado, nos lo enseñó ese Cristo que se humilló en la Cruz, en la muerte más cruel para los peores delincuentes.

Encontramos muy iluminador sobre el tema un texto de San Buenaventura:

«Aquel que con los ojos del corazón considera sus propios defectos debe «humillarse en verdad bajo el poder de la mano de Dios».

De la misma manera, os exhorto, a vosotros que sois siervos de Dios, a humillar profundamente vuestra alma, y a despreciaros al conocer con certeza vuestros propios defectos. Pues «la humildad es una virtud, dice San Bernardo, por medio de la cual el hombre se considera vil, gracias a un exacto conocimiento de sí mismo». 

Por esta humildad, nuestro Padre, el bienaventurado Francisco, se volvió vil a sus propios ojos. Amó a esta humildad y la buscó desde el principio de su vida religiosa hasta el final. Por ella, dejó al mundo, se dejó arrastrar desnudo por las calles de la ciudad, sirvió a los leprosos, confesó sus pecados en sus predicaciones y pidió que se le cubriese de oprobios. 

Pero es sobre todo del Hijo de Dios que debéis aprender esta virtud. Él mismo lo dice «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón», pues, según el bienaventurado Gregorio: «el que acumula virtudes sin humildad, tira polvo contra el viento». Al igual que el orgullo es el principio de todo pecado, del mismo modo en efecto, la humildad es el fundamento de todas las virtudes. «

Rezamos junto al Obispo Merry del Val, pidiéndo a Dios la Gracia suprema de la humildad:

«Jesús manso y humilde de Corazón, Óyeme! Del deseo de ser lisonjeado, líbrame Jesús… Reza la oración completa aquí.