Comentario del Evangelio, San Lucas 1, 39-48

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.«

María nos da ejemplo de humildad y fe. Ella habla con alegría de la Gracia que Dios hace con ella. O mejor dicho, de la infinita gracia que Dios tiene para con la humanidad a través de María.

Así como nuestra Santa madre, cada uno de nosotros puede tener este momento de gozo que se estremece de gratitud frente al infinito amor de Dios manifestado en Cristo, el Emanuel, el Dios con nosotros.

En la encarnación de Cristo en María, en la venida de Dios como hombre al mundo, nace nuestra esperanza de eternidad. ¿Cómo no estremecernos de gozo frente a esta oportunidad de ganar para nosotros una felicidad que no tiene fin?

En María Dios cumple sus promesas en fidelidad y generosidad hacia su pueblo. Entendido este ya no como la descendencia carnal de Abraham, sino como el conjunto de los creyentes que siguen a Cristo viajando hacia la Jerusalén celeste.

La fe sencilla de María, es la fe que debemos pedir al Señor. Una fe que pone a Cristo adelante. Que aunque no sabe el cómo, se pone atrás del Señor y le dice: sea tu voluntad, yo soy tu esclava.

En esa humildad abrimos la puerta a la Gracia, dejamos espacio a ese Cristo que quiere nacer entre nosotros, y salvarnos de nuestras oscuridades, rescatarnos de nuestros egoísmos.

Recemos en este espíritu a nuestra Santa Madre, junto a Santo Tomás de Aquino:

«Concédeme, oh Reina del Cielo, que nunca se aparten de mi corazón el temor y el amor de tu Hijo Santísimo; que por tantos beneficios recibidos, no por mis méritos, sino por la largueza de su piedad, no cese de alabarle con humildes acciones de gracias; que a las innumerables culpas cometidas suceda una leal y sincera confesión y un firmísimo y doloroso arrepentimiento y finalmente, que logre merecer su gracia y su misericordia.

Suplico también, oh puerta del cielo y abogada de pecadores, no consientas que jamás se aparte y desvíe este siervo tuyo de la fe, pero particularmente que, en la hora postrera, me mantenga con ella abrazado; si el enemigo esforzare sus astucias, no me abandone tu misericordia y tu gran piedad.

Por la confianza que tengo en ti puesta, alcánzame de tu Santísimo Hijo el perdón de todos mis pecados y que viva y muera gustando las delicias de tu santo amor.

Amén.»