Comentario del Evangelio, San Lucas 19, 41-44 Católico

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos. …porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios». 

¡Que tristeza tan grande invade al Señor, al ver la ceguera y la ingratitud de su Pueblo, que se cierra al llamado de un Dios capaz de dar la vida de su hijo único para salvarlo!

«Al lado de este texto puede ponerse la hermosa expresión del Salmo 36,8:

«¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los hombres se acogen a la sombra de tus alas».

Jesús aplica aquí la bondad poderosa de Dios mismo a su propio obrar y a su intento de atraer a la gente. No obstante, esta bondad que protege a Jerusalén con las alas desplegadas se dirige al libre albedrío de los polluelos, y éstos la rechazan: «Pero no habéis querido». (SS. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 13.)

Es una tristeza que va más allá de las épocas y de la Ciudad Santa. El Señor llora por cada alma que se cierra a la gracia. Por cada uno de nosotros que no reconocemos el llamado amoroso del Salvador.

«Hay llantos sobre nuestra Jerusalén porque a causa de sus pecados los enemigos van a sitiarla, es decir, las fuerzas adversas, los espíritus malos. Levantarán entorno a ella trincheras, la sitiarán, y no quedará piedra sobre piedra.

Esto es lo que sucederá cuando después de largos años de continencia y de castidad, el hombre sucumbe, vencido por las seducciones de la carne….Esta es la Jerusalén sobre la cual se llora.» (Orígenes de Alejandría, Padre de la Iglesia).

El Señor pensó en cada uno de nosotros y nos dio la vida a través de nuestros padres. Luego nos hizo sus hijos adoptivos en el Bautismo. Y no ha cesado de derramar gracias para que seamos santos… Sin embargo, somos como la Jerusalén por la que Jesús lloró: fríos, insensibles a todos estos dones. ¿Cuántas veces meditamos en el sacrificio que hizo Jesús en la cruz por nuestros pecados?

Pidamos al Señor la Gracia de no ser nosotros causa de su llanto, y de unirnos a Él en el amor y diligencia por las almas de nuestros prójimos llorando con tristeza cada vez que alguno de ellos se muestra cerrado a Dios y rezando incesantemente por su conversión.

Que así sea.