Comentario Evangelio 17, 11-19 Católico

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?

Otra vez un samaritano (un no judío, y rival del pueblo judío de la época de Cristo) da el ejemplo y es puesto por el Señor como modelo a seguir.

El único leproso, de diez que fueron curados, que vuelve a dar Gracias a Dios es el samaritano.

Los samaritanos reconocían a Abraham como padre común con los judíos, seguían las leyes de Moisés, pero se habían apartado de las tribus de Judá en cuanto a dar culto en Jerusalem. Ellos adoraban a Yahveh en el monte Garizim.

La hostilidad existente entre judíos y samaritanos al tiempo de Jesús, era alta. Los judíos consideraban a los samaritanos como cismáticos y los samaritanos a los judíos de la misma manera.

Cristo toma cuatro veces en la Biblia al samaritano para dar una enseñanza.

Lo hace cuando nos cuenta la parábola del buen samaritano, en la que nos enseña quién es nuestro verdadero prójimo.

Cuando habla con la samaritana pecadora de los muchos maridos a quien ofrece beber de un agua viva con la que no volverá a tener más sed, ante el asombro de los discípulos que no podían creer que el maestro hablase con una mujer y con una «hereje».

Lo hace cuando los discípulos indignados por no ser recibidos por los samaritanos piden a Cristo que mande una venganza celestial sobre ellos, y el Señor los reprende y sigue su paso en paz.

Y finalmente lo hace para ponderar al leproso samaritano sanado, como el único que se muestra agradecido con Dios.

Con estos cuatro casos, el Señor Jesús nos enseña que no hemos de entender el límite del Pueblo de Dios de manera carnal.

Al Pueblo de Dios se pertenece por el bautismo. Pero se renueva esa pertenencia por la obediencia a la voluntad de Dios y por la mansedumbre a los dictados del Espíritu Santo.

Tanto que aún los no bautizados (haciendo un paralelismo con los samaritanos), pueden ser más prójimos nuestros que nuestros propios familiares, y más agradecidos con Dios que nosotros mismos.

El Señor nos quiere enseñar a abrir nuestro corazón. A mirar como mira Dios y no como miran los hombres. Más allá del error en el que viva nuestro prójimo, a él también lo llama Dios y su Gracia lo puede inspirar.

Por otro lado vemos en el samaritano curado, un ejemplo de humildad importante. Él sabía que Jesús era Judío y no samaritano, y sin embargo reconoce en Cristo el poder divino y viene a dar gracias a Dios.

Es esa la humildad que se necesita para entrar al pueblo de Dios.

El leproso samaritano no solamente fue sanado por Jesucristo, sino que fue también salvado, al unir a su fe una actitud agradecida y humilde que reconoce del alguna manera a Dios que actúa en Cristo.

Pidamos al Señor la Gracia de un entendimiento abierto y un corazón grande para comprender y recibir su mensaje de vida eterna, para mirar todo con los ojos del Espíritu y no con los de la carne.

Que así sea.

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