Comentario del Evangelio, San Lucas 12,49-53 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!»

La paz de Cristo no es la paz de los hombres.

La paz del Señor no es una paz para mantener las posiciones mundanas de cada uno en tranquilidad. Su paz es diferente, su paz es mucho más.

En la paz del Señor, hay solución duradera a las tensiones. No es sólo un pacto pasajero de no agresión. No es sólo evitar el conflicto.

La paz de Cristo en un principio genera tensiones, crea una distancia entre lo que hoy somos, y aquello a lo que el Señor nos llama.

Él nos dará su gracia, es verdad. Pero nosotros hemos de poner nuestra parte. Y en este esfuerzo consciente para hacer la comunión con el Señor, es que surgen las divisiones entre lo que eramos y lo que vamos en camino de ser.

Estas divisiones son necesarias, nos dice el Señor. Más que necesarias son queridas por Él.

Seguir a Cristo será la chispa que active el fuego. En el camino a la santidad ya no valoraremos las cosas como cuando eramos mundanos. Y por ello seremos incomprendidos, despreciados y perseguidos por los que aman al mundo.

No debemos asustarnos por estas tensiones. Son los dolores de parto que anuncian nuestro nacimiento a la vida del Espíritu. En su fuego seremos sanados de la muerte espiritual en la que vivíamos.

El Espíritu Santo no es tan sólo una mansa paloma. No es un mero sentimiento del bien. Es un fuego del que nace la vida verdadera.

¡Sí, queridos hermanos! Cristo ha venido a traer fuego al mundo. Y en comunión con su Sagrado Corazón, ¡Cuánto debemos desear que el mundo ya estuviera ardiendo!

Que así sea.

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