Comentario del Evangelio, San Lucas 12,13-21 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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“Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas”… 

“Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”.

Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios”.

El hombre que se hace fuerte en las cosas, y dedica su vida a acumularlas, o aquél que no teniéndolas físicamente, las tiene en el corazón, lamentándose de no poseerlas, y haciendo de ese lamento la cosa principal de su vida, se está negando a sí mismo, el único don verdadero y eterno, participar de la vida de Cristo.

Es que atrás de la pobreza de espíritu, esa que es capaz de cualquier sacrificio para seguir más fielmente la voluntad de Dios, se esconde la única riqueza verdadera.

Los pobres de espíritu a los que nuestro Señor Jesucristo llama bienaventurados son los que tienen el corazón desapegado de las riquezas, que si las tienen hacen buen uso de ellas (un uso generoso poniéndolas al servicio de Dios), que si no las tienen no las buscan como algo central en sus vidas, y que si se las quitan lo sufren con resignación.

Este consejo evangélico de la pobreza, está bellamente explicado por San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Redempotionis Donum, de la cual reproducimos algunos extractos:

“¡Qué expresivas son respecto a la pobreza las palabras de la segunda Carta a los Corintios, que son una síntesis de todo lo que sobre este tema escuchamos en el Evangelio!

“Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza”. 

Sin la pobreza es imposible comprender el misterio de la donación de la divinidad al hombre, donación que se ha realizado precisamente en Jesucristo.

También por esto, la pobreza se encuentra en el centro mismo del Evangelio al comienzo del mensaje de las ocho bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres de espíritu”.

La pobreza de Cristo encierra en sí esta infinita riqueza de Dios; ella es más bien su expresión infalible. Una riqueza, en efecto, como es la misma Divinidad, no se habría podido expresar adecuadamente en ningún bien creado. Puede expresarse solamente en la pobreza. Por esto, puede ser comprendida de modo justo sólo por los pobres, por los pobres de espíritu. Cristo, Hombre-Dios, es el primero de ellos.

Es el maestro y el portavoz de la pobreza que enriquece. Precisamente por esto dice al joven en los Evangelios sinópticos: “Vende cuanto tienes… dalo… y tendrás un tesoro en los cielos”.

Buscad sobre todo “el reino y su justicia” y lo demás “se os dará por añadidura”.”

Pidamos la gracia de ser pobres junto a Cristo pobre, sencillos y humildes como nuestra santísima madre, para tener junto a nosotros el único tesoro verdadero, la vida del Espíritu de Dios.

Que así sea.

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