Comentario del Evangelio, San Mateo 22,1-14 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: «Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes».

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.»

Leyendo estas palabras de Cristo, e interpretando esta parábola con sencillez, nos nace una gran incógnita sobre la misericordia divina.

La confusión la tenemos no pocos católicos, aún los de misa dominical. Es que desde hace dos mil años la Iglesia viene predicando la misericordia infinita de Dios, pero siempre lo ha hecho enseñando también la infinita justicia divina.

Una sin la otra, no se entendería. Y aunque pretender entender a Dios sería una necedad pretensiosa, querer definir a Dios por su misericordia sin hablar de su justicia, o lo contrario, es un evidente error.

Para iluminarnos en este difícil tema recurriremos a la enseñanza de San Agustín, que nos dice con claridad, cúal sería este «vestido de fiesta» del que Cristo nos habla en esta parábola, como requisito indispensable para entrar en la fiesta eterna:

«¿Cuál es el vestido de boda, el traje nupcial?

El Apóstol nos dice:»Los preceptos no tienen otro objeto que el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera»(1Tm 1,5). Este es el traje de fiesta.

Pero no un amor cualquiera, pues muchas veces parecen amarse incluso hombres cómplices de una mala conciencia. Pero en ellos no hallamos ese amor.

Pero estos que se dedican juntos al bandidaje, a los maleficios, y a toda clase de diversiones malsanas, se reúnen, «se aman» generalmente entre ellos, pero no tienen el «traje de fiesta», osea les falta el amor que nace de un corazón puro, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Pongámonos entonces el traje nupcial, si aún no lo tenemos. Ya hemos entrado en la sala del festín, podemos acercarnos a la mesa del Señor, pero no tenemos todavía el honor del esposo, el traje nupcial: buscamos en todo lo que hacemos sólo nuestros intereses y no los de Jesucristo.

El vestido nupcial tiene como finalidad honrar la unión conyugal, es decir, al Esposo y la Esposa. Conocemos al Esposo: es Cristo. Conocemos a la Esposa: es la Iglesia.

Rindamos honor a la que es esposa, rindamos honor también al que es el esposo. Si honramos como es debido a los que se casan, seremos sus hijos. Progresemos, pues, también en esto.» (San Agustín, doctor de la Iglesia – Sermón 90,5-6).

Que así sea.