Comentario del Evangelio, San Lucas 8,19-21

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida."

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«Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades.»

Así como la gente quedaba admirada ante la autoridad de Jesús sobre los espíritus impuros y ante su manera de anunciar la Buena Nueva (Lc 4,32.36), lo mismo ocurrió con la predicación de los doce apóstoles.

Hasta hoy los sucesores de los apóstoles (los obispos y presbíteros) reciben del Señor este poder y si tienen la fe suficiente, a través de ellos el Señor Jesús obrará milagros.

Es así que la dignidad del Sacerdocio cristiano es grandísima, por la doble potestad que le confirió Jesucristo sobre su Cuerpo real y sobre su Cuerpo místico, que es la Iglesia, y por la divina misión que le encomendó de guiar a todos los hombres a la vida eterna.

El Sacerdocio católico es necesario en la Iglesia, porque sin él los fieles se verían privados del Santo sacrificio de la Misa y de la mayor parte de los sacramentos, no habría quien los adoctrinase en la fe y serían como ovejas sin pastor, presas de los lobos; en una palabra, no existiría ya la Iglesia tal como la fundó Jesucristo.

La guerra que mueve el infierno contra el sacerdocio católico, durará hasta el fin de los siglos, porque Jesucristo ha prometido que las potestades del infierno no prevalecerán jamás contra su Iglesia.

El desprecio y las injurias contra los sacerdotes, es un pecado gravísimo, porque van contra el mismo Jesucristo, que dijo a sus Apóstoles quien a vosotros desprecia, a Mí me desprecia.

Y también por ello debemos tener singular respeto a todos los que por las Ordenes están consagrados al servicio de Dios.

Alabemos al Señor por la gracia de ser parte de la Iglesia y contar con sacerdotes que se ocupen de nuestra salvación eterna.

Y nosotros hagamos con la gracia de Dios todo lo posible para ponernos en la dirección espiritual de un sacerdote de buena doctrina, que nos oriente para vivir como buenos cristianos.

Esta es, según el consejo de muchos santos, la mejor manera de alejar al demonio de nuestras vidas, y conseguir la sanación que sólo viene de Cristo, en quien encontraremos la verdadera paz.

Así sea.