Comentario del Evangelio, San Lucas 6,43-49

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«¿Por qué ustedes me llaman: ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que les digo?…

El que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos.

Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande.»

¿Es suficiente una fe sin obras para salvarse?

La carta del Apóstol Santiago dice claramente que no. Santiago apóstol nos dice: «Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe.»

¿Es suficiente la Gracia del Señor sin necesidad de ningún movimiento claro de nuestra voluntad en cuánto a aceptar las palabras de Cristo y seguirlas?

Evidentemente no. San Agustín dice: «Dios que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti.»

Es el misterio de la libertad que Dios nos ha donado.

María al recibir el anuncio del Ángel, pudo pensar en sus dolores venideros, en el riesgo a ser lapidada por adúltera, y decir no. Sin embargo dio su SI (su fiat), adhirió a la palabra de Dios, y la cumplió durante toda su vida.

La vida de María estuvo marcada por sus 7 dolores que ayer veíamos en el día de la Virgen dolorosa. Y en medio de esos dolores mantuvo su fe. Es decir siguió adhiriendo a la palabra de Dios y siguiéndola con su obrar en medio de la prueba y la tentación.

Así fue luego de la profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús que le anunciaba cómo su corazón sería atravesado por la pasión de su hijo. También fue así en la huida a Egipto para vivir por años en condición de extranjeros, en épocas donde esto era mucho más  duro de lo que es hoy (los extranjeros prácticamente no tenían ningún derecho). Y así fue cuando perdió a su hijo por tres días en Jerusalén.

Mantuvo su sí frente a la prueba máxima, es decir toda la pasión y muerte de Cristo, y acompañó a su hijo en la esperanza de la Resurrección cuando toda la iglesia del momento (los discípulos, incluidos los apóstoles) había dejado de creer.

Claro que María era la llena de Gracia. Y claro que sin la Gracia del Señor nada podemos hacer de bueno. Sin su Gracia nada somos y nada valemos.

Pero esa Gracia de Dios no anula nuestra libertad, sino que ha de jugar junto con nuestra libertad bien usada, para que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios.

Pidamos la Gracia del Señor continuamente, para que nos aumente la fe y las virtudes para enfrentar las pruebas. A la vez dispongamos nuestra voluntad para querer ser santos, y para obrar en santidad a cada paso.

¡Que nuestra madre dolorosa, que ayer recordábamos, nos ayude a sostener esta oración y esta disponibilidad aún en la prueba!

Bendiciones

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