Comentario del Evangelio San Lucas 6,12-19 CATOLICO

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!

Hoy tomamos la explicación de este fragmento del Evangelio, de la inspirada homilía de San Juan Crisóstomo sobre las Bienaventuranzas:

«¿Quiénes son estos pobres de espíritu? Son los humildes y contritos de corazón.

Hay, muchos que son humildes no voluntariamente, sino forzados por la necesidad de las cosas. No se refiere a éstos el Señor, pues ningún mérito hay en ello.

Él llama bienaventurados a los que de su libre voluntad se humillan y se compungen.

¿Y por qué no habló de los humildes, sino de los pobres? Porque pobre es más que simplemente humilde. El pobre de espíritu es el que llega al más alto grado de humildad.

Esta es la humildad que alaba el bienaventurado profeta cuando, describiéndonos, no un alma contrita simplemente, sino un alma hecha pedazos por el dolor, nos dice: Sacrificio para Dios, el espíritu contrito. Dios no despreciará un corazón contrito y humillado (Salmo 50,19). *1

Y es así que los más grandes males que infestan la tierra entera, del orgullo han procedido. El diablo, que antes de su orgullo no lo era, por el orgullo se convirtió en diablo.

El primer hombre (Adán), hinchado por el diablo con esperanzas semejantes, fue por él derribado y se convirtió en mortal. Esperando venir a ser Dios, perdió hasta lo que tenía como hombre.

Así, pues, como la soberbia era la cueva de todos los males, la fuente y raíz de toda maldad, Cristo, proporcionando el remedio a la gravedad de la enfermedad, sentó la ley de la humildad como fundamento firme y seguro de toda virtud.

El ayuno, la oración, la limosna, la castidad, cualquier otro bien que juntes sin humildad, todo se escurre como el agua y todo se pierde. Es lo que se cumplió cabalmente en el fariseo.

Cristo no dijo: «Éste o el otro son bienaventurados», sino: «Bienaventurados los que hagan esto». Es decir, que aunque seas esclavo, aunque seas pobre y mendigo, extranjero e ignorante, nada de eso es obstáculo para que seas feliz, como te decidas a practicar esta virtud de la humildad.» (Extractos homilía 15 sobre las bienaventuranzas, pag 198 ss).

Pidamos al Señor, por intercesión de San Juan Crisóstomo, la Gracia suprema de la humildad alimentada de nuestra esperanza de eternidad. Que podamos repetir con el Santo:

«Nada soy, y nada valgo, todo a Tí te lo debo, sólo a Tí he de servir Señor Dios mío.»

*1 San Agustín nos recuerda refiriéndose a la compunción de los pobres de espíritu, que «… lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no sólo con espíritu sereno, sino incluso con alegría.» (De sermone Domini in monte, I, 5, 13: CCL 35, 13).

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