Comentario del Evangelio San Lucas 4,38-44

Entremos en la Palabra del Señor. "Porque la letra mata, pero el Espíritu da vida".

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«Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.

De muchos salían demonios, gritando: “¡Tú eres el Hijo de Dios!”. Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.»

En el fragmento del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que hoy leemos, Cristo continúa haciendo Milagros de Sanación. Primero cura de su fiebre a la suegra de Pedro. Luego a todos los enfermos que le traían.

El Señor es nuestra salud. En la fe que todo lo cree, puesta en Cristo, todo milagro es posible. Es una parte esencial del Evangelio, que muchos ignoran o sólo creen a medias.

De nuevo hoy el Evangelio nos dice, que los mismos demonios reconocían la divinidad de Jesucristo. Y este reconocimiento, otra vez golpea la dureza de una sociedad moderna que la niega.

Y se niega la divinidad de Cristo no sólo siendo ateo, o agnóstico. No sólo cuando se vive separado de la Iglesia Católica. También, lamentablemente, muchos católicos de misa dominical, y algunos sacerdotes incluso, no creen en esa divinidad, y enseñan a un Cristo hermano, pero no a un Cristo Dios.

Ese es un gran error, porque Cristo es nuestro hermano, como verdadero hombre que fue; pero también es nuestro Dios, como segunda persona de la Trinidad.

Las consecuencias de reconocer o no la divinidad de Cristo, se verán claramente en nuestra fe.

Sólo un Cristo Dios hace milagros de sanación del cuerpo y el alma. Un Cristo amigo, solamente humano, «otro más de nosotros», muchas veces será sólo un sticker pegado en el vidrio, sólo una camiseta con una frase bonita, solo un gurú más, pero no nuestro Salvador.

Esto no quiere decir que sea más importante la naturaleza divina de Cristo que su naturaleza humana, sino que ambas deben ser creídas, y contempladas en su inmensa grandeza.

La grandeza del amor de Dios hecho hombre. Y la grandeza de la potencia de Dios, capaz de cambiar todo en nuestras vidas terrenas, y en nuestra existencia espiritual para toda la eternidad.

Pidamos al Señor la gracia de llevar a Él cada una de nuestras enfermedades del cuerpo y del alma, y hacerlo con la fe suficiente, aquella que está segura de que Cristo es el Señor, el Salvador, el mismísimo Hijo de Dios.

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