LOS SIETE DOLORES DEL SAGRADO CORAZON DE JESUS

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El 16 de junio de 1675 se le apareció Nuestro Señor y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. Santa Margarita escuchó a Nuestro Señor decir: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor». Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón.

La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.

Primer dolor del Corazón de Jesús

La Comunión indigna y traición de Judas

Estando ellos cenando, tomó Jesús el pan y lo bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed: este es mi cuerpo  (Mat., cap 26)

Entra alma mía, respetuosamente en el cenáculo y contempla a Jesús sentado en la mesa con sus discípulos, dándoles por comida su mismo cuerpo, aun al traidor Judas.

¡Oh Jesús! Haz que comprenda la necesidad que hay de probarse a sí mismo p ara no recibir indignamente el don eucarístico; y presérvame d ela desdicha de la mala comunión.

Consideración

Jesús sabía que Judas había formado designio de hacerle traición y de ponerlo en manos de sus más crueles enemigos para darle muerte; sin embargo: sin embargo, este bondadoso Salvador lo admite a su mesa y al mismo convite en que iba instituir el adorable sacramento de s cuerpo y de su sangre; por el cual, antes de morir, había de dar a sus apóstoles la última prueba de su ardiente amor.

En efecto, habiendo instituido el sacramento de la Eucaristía, da la Sagrada Comunión a sus apóstoles, sin exceptuar al alevoso profanador, no queriendo por su excesiva bondad escandalizarlo con una ruidosa repulsa y a fin de darle tiempo a que se arrepintiese de su horrendo crimen a la vista de tal miramiento.

¡Cuales serían los sentimientos y el dolor de este adorable Salvador, cuando llevándose a sí mismo, en sus propias manos, se depositó en la boca sacrílega de aquel traidor! ¡Y qué morada tan triste no hizo en el corazón de este pérfido, después de haber pasado por su detestable lengua, con la cual, dentro de un momento, debía tratar su muerte y vender su sangre a un vil precio! Así es, que a pesar de su extrema caridad, lanza al tránsfuga esta aterradora palabra: ¡Oh hombre desgraciado! Mas ¿quién es este hombre, sino el que come el Pan de los Ángeles con el corazón aun manchado por sus pasiones, sin humildad, sin arrepentimiento, sin amor, y en cierto modo volviendo luego a entregar a las profanaciones del mundo a Dios, que acaba de recibir: “no sabiendo discernir el cuerpo del Señor, come y bebe su propio juicio”.

Pensemos. ¿Quién no temblará, Señor, a vista del traidor Judas? ¡Un discípulo, un apóstol, el confidente de tus secretos, te recibe indignamente! ¡Dios mío, yo no soy digno de que entres en mi pobre morada, pero te diré con las hermanas de Lázaro: el que amas esta enfermo. Heme aquí, ¡oh médico divino! Cubierto de las heridas que me han hecho mis pecados! Y yo vengo a Ti para que me sanes; Tú lo puedes y creo que esta es tu voluntad.

Propósito: Acercarse siempre al banquete eucarístico con el corazón purificado por la gracias de la absolución; prepararse cuidadosamente a la comunión y examinar a menudo los frutos que sacan de ella.

 

Oración

Acuérdate, ¡Oh dulcísimo y amado Jesús ¡ que nunca se oyó decir a cuantos han recurrido a tu benignísimo corazón, pedido sus auxilios e implorado su misericordia, que hayan sido desamparados. Animado con esta misma confianza, ¡Oh Rey de los corazones! Corro y vengo a ti y, gimiendo bajo el peso de mis pecados, me postro ante T; oh divino Corazón, no desoigas mis oraciones; ante bien, dígnate acceder a ellas. Muéstranos oh amorosisimo Jesús, que tu adorable Corazón es el corazón del Padre más tierno, y que aquel que se dignó enviarte para obrar nuestra Salvación, acepte por Ti nuestras plegarias. Amén.

La traición de Judas

Acercándose Judas a Jesús, le dijo: Dios te guarde, Maestro, y le beso. Díjole Jesús: amigo ¿a qué has venido?

. Figúrate, alma mía que ves el jardín de los Olivos donde reina un silencio profundo. Es cerca de la media noche cuando llegaron los enemigos de Jesús. Judas se acerca a él y lo abraza.

. Haz, ¡oh Salvador mío! Que comprenda cuán culpable es el alma que te traiciona, abusando de tus gracias, y los formidables castigos que le están reservados.

Consideración
Judas, discípulo de Jesús, revestido de la dignidad soberana del apostolado, admitido a su mesa, y teniendo toda su confianza, se deja dominar por una vil pasión y se hace el guía de los enemigos de su Salvador. Vende a su divino Maestro y comete la más negra traición, sirviéndose del ósculo de paz para entregarlo en manos de los príncipes de los sacerdotes.

Este mansísimo cordero lo recibe, no obstante que conocía la horrenda intención de aquel pérfido, y lo trata con el dulce nombre de amigo. ¿Amigo, a que has venido?

¡Que herida tan penetrante no sería esta en su amante Corazón! ¡Oh Dios mío, si has manifestado tanta bondad a un enemigo, a un servidor infiel; si has hecho tan grandes cosas para desviarle de su pecado, ¿qué no deben esperar de ti los que, después de haber tenido la desgracia de ofenderte, te buscan de todo corazón?.

Judas, después de haber consumado su crimen, lleno de desesperación se da la muerte. Este pérfido apóstol había cerrado sus oídos a las amistosas palabras por las cuales Jesús había querido ablandar su duro corazón, y, creyendo superado irremisible, consuma su eterna reprobación.

He aquí lo que obra la tentación en las personas que, después de haber sido colmadas de gracias, vuelven a las infidelidades: acostumbradas a las bondades del Señor, de las cuales han abusado, nada les conmueve, ni el lenguaje de la fe, ni las piadosas exhortaciones, ni los caritativos avisos. La voz de Dios bondadoso que las llama y que desea perdonarlas no es oída; de modo que estas almas infieles se persuaden de que su salvación es imposible.

¡Cuan peligrosos son estos pensamientos de desesperación! Temamos y evitemos la ocasión de caer en el pecado; pero, si olvidando la justicia de Dios, tuviésemos la desgracia de cometer alguna falta, recurramos a su infinita misericordia.

Pensemos ¡Oh Salvador mío! No pernitas jamás que yo renueve, abusando de tus gracias, la traición que detesto en el pérfido discípulo: antes haz que recordando los beneficios con que me has colmado, o sea siempre constante y fiel; más si yo por fragilidad, alguna vez tuviese la desdicha de ofenderte, haz que me arroje, lleno de confianza, en los brazos de tu excesiva caridad para recibir de Ti el perdón.

Propósito. A menudo recordaré la bondad de Jesús, al recibir el ósculo del traidor Judas; me compadeceré del acerbo dolor que sintió entonces el amante Corazón del que experimenta aun parte de los que le traicionan de nuevo en el sacramento de la Eucaristía.

Padre Nuestro y Ave María…

Segundo dolor del Corazón de Jesús

Comenzó a atemorizarse y a angustiarse, diciendo: Triste está mi alma hasta la muerte… Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz… Mas no se haga mi voluntad sino la tuya… (Mateo, cap. 26).

. Figúrate aun, alma mía, que estás en el jardín de los Olivos, y cerca de ti a Jesús, triste, agonizante y un ángel que le conforta.

. ¡Oh Salvador mío! Haz que, tomando parte en el profundo dolor en que fuiste sumergido, obtenga el favor especial de ser asociados a los tres discípulos testigos de tu agonía.

Considera, alma mía, que si las afrentas y suplicios que nuestro divino redentor iba a padecer atormentaban y afligían su amante Corazón, no eran estas las penas que más sentía, pues siempre había deseado apasionadamente el dar la vida por los hombres, y muchas veces lo había significado diciendo: Con un bautismo de sangre yo he de ser bautizado. ¡Oh! ¡Y cómo traigo en prensa el Corazón mientras que no lo veo cumplido! Mas lo que causó en su alma una tristeza mortal fue la ingratitud y desprecio con que los hombres mirarían este beneficio, el poco fruto que sacarían de su pasión y muerte, y que siendo esta bastante para salvar infinitos mundos, con todo, pocos serían los que se aprovecharían de ella.

Esta idea es la que lo aflige y lo acongoja y le hace entrar en agonía; este es el amargo cáliz de que pedía ser librado, y no de la muerte ni de los acerbos tormentos. Es posible, diría entre sí el afligido Señor, ¡Oh hombres este es el pago que me han de dar! ¿Es así como corresponderán al amor con que por ustedes muero? ¡Ah! Si yo supiera que al ver lo mucho que padezco, dejarían de ofenderme y empezarían a mamarme, entonces sí que me ofrecería gustoso, no a una sino a mil muertes: mas que después de tantas penas sufridas por ustedes con tanto amor, me correspondan con nuevos pecados, y que la sangre que voy a derramar por salvarlos sirva, por el abuso que de ella harán, para su mayor condenación, este es un tormento que a mi corazón se hace insufrible.

Agobiado el divino Redentor con esta terrible representación, se postró con el rostro por tierra, con aquel rostro que es gloria de los ángeles, y rogaba a Dios, con tanto mayor fervor, cuanto era mayor su congoja y aflicción. Tanto llego a ésta a oprimirlo, que comenzó a sudar sangre por todos los poros de su cuerpo con tal abundancia, que bañó con ella la tierra.¡Oh amor!, ¡O tormento!, ¡Oh Sangre de mi divino Redentor!

Pensemos. ¡Qué es esto, adorable Jesús! Yo no veo en este huerto ni los azotes, ni espinas, ni clavos que te hieran. ¿Cómo pues te veo todo ensangrentado? ¡Ah! Sí lo sé, Salvador mío, mis pecados han sido el lagar que exprimió de tu Corazón toda esa sangre y los crueles verdugos que más te atormentaron. Perdóname, Jesús mío; y ya que de otro modo no puedo consolarte, sino por un verdadero arrepentimiento, dame por tu afligido Corazón un dolor tan grande por haberte disgustado, que me haga llorar día y noche por mi ingratitud.

Propósito. Ir varias veces al día, por lo menos de corazón, al pie del tabernáculo a hacer actos de desagravio para reparar la ingratitud de los hombres y corresponder en cierto modo a las excesivas finezas del amantísimo Corazón de Jesús.

Padre Nuestro y Ave María…

Tercer dolor del Corazón de Jesús

Huída de los apóstoles

Meditación
Entonces todos los discípulos abandonándolo, huyeron (Mat. C. 26)

. Figúrate, alma mía, a Jesús que ha quedado solo entre las manos de los soldados, porque todos sus discípulos huyeron sobrecogidos de temor.

. Señor, presérvame de mi propia debilidad y no permitas que jamás yo traicione tu causa, ya sea por respeto humano o por amor propio.

Consideraciones
Mira, alma mía, como preso y atado este mansísimo Cordero se deja arrastrar por aquellos lobos. ¿Y sus discípulos, dónde están? ¿Qué Hacen? Si no pueden liberarlo de las manos de sus enemigos, ¿por qué no lo siguen para atestiguar a lo menos, delante de los jueces su inocencia, y consolarlo con su compañía?

Todos huyeron y lo dejaron solo, después de tantas promesas que le habían hecho de morir con él. ¡Ah! ¡Cuán sensible debió ser esta fuga al amante corazón de su buen Maestro!

Pues no sólo les había hecho la gracia de admitirlos en su compañía y de que lo siguiesen a todas partes, sino que después de haberles dado las mayores pruebas de su singular amor, había puesto el colmo a sus beneficios, instituyendo por ellos algunas horas antes el más augusto de los Sacramentos, después de haberles hablado con toda efusión de su Corazón como lo haría un buen padre en el momento de dejar a sus hijos; y sin embargo, ellos le abandonan a la primera apariencia del peligro.

¡Oh adorable Jesús! ¡Cuánto debió sufrir tu Corazón en esta ocasión al verse tan ingratamente abandonado de sus escogidos! En este punto s ele presentaron, para afligirlo más todas aquellas almas más favorecidas y privilegiadas por él, que lo habían de abandonar después. Una estas he sido yo Jesús mío, que después de tantas gracias, luces y favores que he recibido de ti; después de tantas promesas que en tiempo de tranquilidad te había hecho; llegado el tiempo de la tentación, te he abandonado por seguir un apetito, por no privarme de un gusto, por condescender con una pasión Perdóname, Redentor divino, y recíbeme ahora que, arrepentido, a Ti me vuelvo para no abandonarte más.

Aquel fino corazón siente vivamente la injusticia hecha a su ternura, pero siempre dulce, paciente y constante en su caridad inmensa, se entrega a la muerte por aquellos mismos que se mostraban tan indignos de su amor. Después de su resurrección, se dignará mostrarse a ellos, llamarlos sus hermanos y colmarlos de nuevos favores “¡Oh caridad inagotable! ¡Oh amor infinito de un Dios!

Pensemos. Cuando veo ¡Oh Jesús mío! Conmoverse las más firmes columnas de la Iglesia a la primera tentación, ¿cómo me fiaré en mis resoluciones? ¡Cuán grande es la debilidad del hombre y cuán poca cosa es preciso para hacerlo caer! Yo sobre todo siento toda mi fragilidad; mas cuento con tus fuerzas a las cuales recurriré, uniéndome íntimamente a tu santísimo Corazón; de este modo tu amor será mi sostén en las flaquezas y me dará como a los apóstoles, no sólo valor para reparar mis negligencias pasadas, sino también la gracia de imitar tu ejemplo cuando reciba alguna ingratitud de las personas queme so deudoras.

Propósito: En la tentación, procurarme unirme fuertemente a Jesús para alcanzar la gracia de serle constantemente fiel.

Padre Nuestro y Ave María…

Cuarto dolor del Corazón de Jesús

 

La negación de Pedro
Y pedro le iba siguiendo de lejos hasta llegar al palacio del Sumo Pontífice. Y Habiendo entrado, estaba sentado con los sirvientes para ver el fin (Mat. C. 26)

. Ve, alma mía, a San Pedro que después de haber seguido a Jesús a lo lejos se asienta cerca del fuego con los criados del gran sacerdote.

. ¡O Jesús, fuerza de los débiles! Haz que, desconfiando siempre de mí mismo, me una constantemente a ti para que me preserves a la desgracia de ofenderte.

Consideración
La primera causa de la caída de San Pedro fue, sin duda su presunción. Advirtiéndole su divino Maestro que desconfiase de su extrema debilidad, no teme el peligro, presumiendo demasiado en el amor sensible que la tenía.

¡Feliz esta grande alma, si desconfiando de ella misma, hubiese buscado constantemente en Jesús su sostén y su apoyo! Pero, no contando más que con sus propias fuerzas, bien pronto se intimida al ver a los enemigos de su buen Maestro; sin embargo, como no quiere abandonarlo, lo sigue; mas desgraciadamente, no lo hace sino a lo lejos: de este modo, a la primera ocasión habrá una deplorable caída.

¡Ah! ¿Qué somos sin la asistencia divina? Ante la presencia de una sirvienta que cree reconocerlo como discípulo de Jesús, el temor se apodera de él, y el ligero soplo de una simple palabra derriba la roca que no ha mucho tiempo se prometía arrostrar las olas del mar y sus furiosas tempestades…

¡O debilidad espantosa de la naturaleza humana! ¿No desconfiaré constantemente de ti? Pedro, el príncipe de los apóstoles, el jefe de la Iglesia, niega a su divino Maestro, asegura con juramento que no lo conoce. ¡Ah! Cuán hondo y cuán amargamente penetró este ultraje en el Corazón de Jesús.

Pero, ¿yo no he tenido también la desgracia de renovar la dolorosa llaga que recibió del mismo de quien debía esperar más lealtad? Sin embargo, en lugar de lanzar contra él algún terrible anatema, se apiada de su debilidad, le dirige una mirada llena de dulzura que penetra su corazón, le convierte sinceramente y le hace derramar un torrente de lágrimas.

Pensemos¡Oh mi buen Maestro! Si como Pedro, ingrato e infiel, he ultrajado mil veces tu generoso Corazón, también como él he sido movido por la dulzura y el poder de tu gracia, y así quiero lavar mis ingratitudes con las lágrimas de mi arrepentimiento. Haz que a ejemplo de este célebre penitente, mis ojos se conviertan en dos fuentes de lágrimas; más, que sean lágrimas de amor y que pueda mezclarla con la sangre preciosa que has derramado por mí.

Propósito. Rogar a menudo a Jesús, que penetre nuestras almas de la verdadera compunción, y que las anime del espíritu de penitencia.

Padre Nuestro y Ave María…

Quinto dolor del Corazón de Jesús

Su doloroso encuentro con su Santísima Madre

. Figúrate, alma mía, ver la calle de la Amargura donde se agolpa la multitud, y donde María encuentra a su divino hijo.

. sagrados Corazones de Jesús y de María háganme la gracia de participar en su dolor y la de ser abrasado en su divino amor.

Consideración
¿Quién podrá expresar el acerbo dolor que experimentó el amante Corazón de Jesús al volverse a ver con su afligidísima Madre? ¿Qué sentiría aquel clementísimo Señor cuando alzando los ojos s encontraron con los de su santísima Madre que la miraban?

Oye los tristes gemidos de la desconsolada Señora, y el grande amor que le tiene revive. Por decirlo así, en aquel momento. Su corazón queda tan traspasado con el dolor mortal que le ocasiona la vista lastimosa de su tierna Madre, y su afligida imagen s ele imprime con tal viveza que detiene algo sus pasos y le hace experimentar las angustias de la muerte. Pero lo que más agrava su tormento interior es saber que lo que seguirá paso a paso aun hasta el lugar del suplicio.

Por eso, este doloroso encuentro, dejos de calmar el dolor de ambas víctimas, no sirvió sino para aumentarlo. María sufre al ver sufrir a Jesús; Jesús sufría al ver a María; de este modo, por una recíproca comunicación de dolor y de amor, estos dos corazones, unidos tan estrechamente, experimentaron de antemano los rigores de la crucifixión. Oh sufrimientos incomprensibles, de los cuales los corazones más afligidos apenas pueden formarse una ligera idea.

Ah, y ¿seré insensible a tantos padecimientos, cuando es por mi amor que se cumplen estos dolorosos misterios? ¿No me compadeceré de un Salvador y de una Madre que han hecho tan grandes sacrificios por mi salvación? Sí, a ejemplo suyo, quiero seguir los pasos de mi Redentor, es preciso que me una a sus trabajos y reciba con paciencia y resignación las penas que se dignará enviarme. Dios no me prohíbe que sienta cuando pesa sobre mí su paternal severidad: lo único que desea es que mi voluntad esté siempre sometida a la suya y que permanezca constantemente fiel a su servicio, a pesar de la repugnancia que manifestará nuestra viciada naturaleza.

Pensemos ¡Oh amantísimo Redentor mío! Si yo debiera caminar sin vos, por el áspero camino del Calvario, me amedrentaría mi debilidad y poco valor; sin Ti la Cruz es demasiado pesada; es un mal sin consolación y sin fruto mas, en tu compañía, ¡Oh amor de mi alma! No sólo se vuelve ligera y amable, sino que también encierra un tesoro infinito. Haz, Oh Dios que me sirva para unirme íntimamente a ti; entonces, como mi Madre Santísima, te seguiré con fidelidad, y uniéndome a tus dolores participaré ampliamente de los méritos de tu pasión.

Propósito: sufrir de buena gana todas las penas y aflicciones que sobrevengan en unión de Jesús y de María.

Padre Nuestro y Ave María…

Sexto dolor del Corazón de Jesús

María al pie de la Cruz
Y la madre de Jesús estaba en pie cerca de cruz (Juan cap 19)

. Figúrate alma mía a Jesús crucificado sobre la montaña del Calvario y a María en pie cerca de la cruz.

. Oh Jesús, rey de los mártires, haz que mi corazón, conmovido por la aflicción del tuyo, renuncie para siempre al pecado, pues sólo él es la causa de nuestros dolores

Consideración
Mira, alma mía a tu divino Redentor, como, en medio de tantos tormentos, inclina la cabeza hacia la tierra y pone sus moribundos ojos en su santísima Madre que, llena de amargura y de dolor, estaba al pie de la cruz.

Esta vista traspasó de parte a parte su afligido Corazón y le fue más insoportable que la misma cruz; siendo aquella Virgen purísima la más amante, la Más fiel, la más agradecida, la más santa, y por ser la más semejante a Él, era más digna de su amor que todos los ángeles del cielo, que todos los hombres de la tierra, y, por consecuencia la más amada. Así, es imposible el dar una justa idea del acerbo dolor que experimentó aquel fino Corazón, viendo que sus padecimientos herían profundamente el de su Madre santísima, viendo lo que sufría y lo que aun le quedaba por sufrir, para cumplir los designios de su Eterno Padre. Por eso, olvidando sus propios tormentos, quiso darle algún consuelo: cuidando de ella y dirigiéndole la palabra, hizo que adoptara por Hijo al discípulo que él amaba, diciéndole: Ahí tienes a tu hijo; y al discípulo: Ahí tienes a tu Madre, de este modo, nos mandó a todos en la persona de san Juan, el servirla y honrarla como a nuestra madre. ¡Mira qué mayor muestra e amor, pues no sólo nos perdona, sino que, antes de exhalar el último suspiro, nos deja la rica herencia de su Santísima Madre!

Oigamos ahora lo que esta Señora reveló a Santa Brígida, de la cruel aflicción que experimentaba el Corazón de Jesús al verla tan angustiada: “Mi hijo, era de milagrosa complexión, y así batallaba en él la muerte con la vida. Estando en este combate de infinitas agonías, volvió hacia mí la vista, y conociendo la grandeza del tormento que padecía mi alma, fue tanta la amargura y tribulación de su amantísimo Corazón, que rindió a la inefable angustia de la muerte, según la humanidad, clamó a ese Eterno Padre diciendo: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. ¿No eres tú, pecador abominable el que con tus crímenes te has hecho el verdugo de estos dos corazones tan puros e inocentes?

Pensemos. Oh Jesús, amor de mi alma, Oh María esperanza y refugio mío, quítenme las dulzuras de la vida; y ya que pasaron la suya en el dolor, no permitan que yo acabe la mía sin haber gustado la amargura saludable de la cruz, pues soy su esclavo, Oh Dios mí, y el hijo de tu sierva, a quien Tú mismo me diste por madre.

Quisiera, amorosísimo Jesús, para darte las debidas gracias por este singular beneficio, tener una la lengua y un corazón de serafín. Bendito seas, Dios de misericordia, que para usarla conmigo me has dado una protectora y una abogada tan poderosa como María.

Propósito: Fijar constantemente nuestra vista en modelos de perfección; consagrar a su servicio lo que nos queda de vida y persuadirnos que para ser agradables a Dios, es preciso imitar a Jesús y María.

Padre Nuestro y Ave María…

Séptimo dolor del Corazón de Jesús

Abandono y desamparo de su Eterno Padre
Y cerca de la hora nona, exclamó Jesús en alta voz, diciendo Eloí, Eloí, Lamma sabacthani? Esto es, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mat 27).

.Figúrate aun, alma mía, la montaña del Calvario y a Jesús pendiente de cruz.

. ¡Oh mi adorable Salvador! Yo te suplico, por el completo abandono en que quedaste sobre la cruz, que desprendas mi corazón de todo apego a la criatura, para que, uniéndome estrechamente al tuyo, Tú solo me bastes.

Consideración
Contempla alma mía, a tu divino Redentor en la mayor aflicción y abandono en que se había visto hombre alguno en esta vid, y en aquella extremidad en que más se necesita amparo y consuelo: lo busca en la tierra y no lo encuentra. Sus discípulos y amigos lo habían abandonado: sólo uno de entre ellos, algunas santas mujeres y su santísima Madre le acompañaban en su padecer; pero esto no podía darle ningún consuelo; antes bien, con sus internos dolores aumentaba s aflicción.

Mira a otras partes, y se ve cercado d enemigos que lo burlan, insultan y blasfeman; alza los ojos y clama al cielo, y el cielo se hace de bronce. En la agonía había venido a confortarlo un mensajero celestial; más aquí estos espíritus bienaventurados parecen insensibles a los sufrimientos de su rey… El Eterno Padre, viéndolo cubierto de nuestros pecados, lo desconoce, por decirlo así, y lo abandona al furor de sus enemigos; este abandono fue para su Corazón santísimo el mayor de sus tormentos.

De ningún modo se había quejado; mas este fue tan vehemente y le oprimió de tal modo el Corazón, que no pudo menos que clamar en alta voz diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Como si dijera ¿Es posible, Señor, que hasta Tú me abandones y conjures contra mí? Que mis discípulos y mis amigos me abandonen; que los hombres me persigan, eso no me sorprende; porque son frágiles e ingratos, que no me conocen, ni saben lo que hacen, pero Tú, Señor, que me amas, que sabes que soy Hijo tuyo, que padezco por tu gloria y por satisfacer tu justicia, y que muero en esta cruz para obedecerte, ¿por qué me desamparas?

Afligidísimo y abandonado Redentor mío, ¿por qué, siendo Dios, quisiste padecer tan cruel tormento? Y si este era tu deseo, ¿por qué te quejas tan amargamente? ¡Ah! Bien mío, ya te entiendo, quisiste enseñarme, con tu ejemplo, que no debo desesperar de tu infinita misericordia cuando me vea privado de las dulzuras que causa en mi alma tu amabilísima presencia; que debo sufrir con paciencia la privación de las gracias sensibles y los rigores aparentes de Dios hacia nosotros: pues es para enseñarnos a renunciar a nosotros mismos, que así lo haces.

Señor, seas para siempre bendito porque quisiste también sufrir este misterioso abandono a fin de reparar nuestra ingratitud; y bendito sea tu amante Corazón a quien únicamente debo no haber sido eternamente abandonado de mi Dios.

Pensemos. Adorable Salvador, me avergüenzo de mí mismo, al verte soportar con una dulzura admirable ese completo abandono. Con tal que por tus más crueles dolores, Dios sea glorificado y tus hijos arrancados al infierno, esto te basta: te olvidas de ti mismo y consientes en ser abandonado del cielo y de la tierra; y yo, ¡Oh Jesús mío! Dominado por el amor propio, no pienso sino en mí; la más leve contradicción me abate y me hace prorrumpir en quejas. Mas desde ahora, ¡Oh Dios mío! Tú sólo me bastarás, y mi única felicidad será hacer tu santísima voluntad.

Propósito. En las penas interiores, en el olvido y abandono de las criaturas, unirnos estrechamente a Jesús y soportar con él sobre la cruz este abandono de Dios y de los hombres.

Padre Nuestro y Ave María…

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