COMENTARIO DEL EVANGELIO DE HOY

El comentario del padre Daniel al Santo Evangelio según san Juan 4, 5-42.

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La Palabra de Dios nos presenta a Cristo . El es el objetivo de todas nuestras búsquedas, y sólo en Él seremos saciados.

Por el agua nacemos a la Iglesia y Jesús es el Agua Viva que calma para siempre nuestra sed.

La sed es la búsqueda de la vida: el pueblo de Israel, en su caminar por el desierto, y la Samaritana, hoy, son los símbolos para todos nosotros de lo que deseamos y no tenemos: la realización plena, la vida, la felicidad.

No hay realización en la vida mundana, no hay realización en el egoísmo.

Nuestra realización es un crucificado que resucita y vence a la muerte. No es una carrera, o una fama o unas vacaciones. Nuestra realización es Dios, que se ha hecho carne en un humilde Galileo, que realiza todo tipo de milagros para que nosotros creamos y tengamos vida eterna.

Jesús le dice a la samaritana:

“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed”.

Cristo vino al mundo a restablecer nuestra relación con Dios, dañada por el pecado y a decirnos que el amor de Dios por nosotros sigue intacto y nos llama a conversión, a pesar de nuestros «cinco maridos» que pueden ser los grandes pecados y contradicciones que habitan en cada uno de nosotros.

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Nosotros tenemos a Jesús, que sacia nuestra sed con su Palabra y con su Cuerpo y Sangre.

Es nuestro deber como discípulos del maestro que nos llama a hacer a todos los pueblos sus discípulos, el ayudar a las personas en su búsqueda espiritual ofreciéndoles vivir en comunión la auténtica oración de la tradición cristiana.

Debemos responder positivamente a la invitación que nos hace el Señor para llevar su Buena Noticia a quienes andan buscando respuestas a sus preguntas, un alimento espiritual que les satisfaga, el agua viva.

Pidamos al Señor la gracia de hacerlo que a través de nuestro testimonio, de nuestra confianza, calma, paciencia optimismo, y amor concreto al prójimo. Todo ello, fruto de una fe alimentada en la oración personal auténtica.

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