EL CONSUELO DE MARÍA.

La Virgen de los dolores y las Bienaventuranzas

1700
DE LA CRUZ A LA RESURRECCIÓN

María es la madre fuerte de la Iglesia. Ninguna como ella puede entender y consolar a las madres, abuelas e hijas que pasan por intenso dolor.

El anciano Simeón anunció a María, cómo el dolor la traspasaría de lado a lado; profetizó de que manera viviría ella la pasión de su hijo.

Esa sería la prueba suprema por la que debía atravesar su fe inquebrantable en Dios.

En la meditación de los dolores de María junto a las bienaventuranzas, aprenderemos como cada uno de nosotros puede dar sentido a los propios dolores, poniéndolos junto a los de nuestra madre, y así uniéndolos a la Pasión de Cristo.

Las Bienaventuranzas, verdadero mapa del camino para llegar al Reino del Cielo.

Cuando Cristo predicó las bienaventuranzas, difícilmente se podía entender lo que Él proponía:

¿Era una invitación al masoquismo eso de bienaventurados los pobres, los que lloran, los que son perseguidos?

El misterio fue revelado en el momento más importante de la Vida terrena de Jesús, que es a la vez la parte fundamental del Evangelio:

Su pasión, muerte y resurrección.

Por ello los dolores de María sólo pueden entenderse unidos a la pasión de Cristo, y nos iluminan igualmente, el sentido de las bienaventuranzas.

Veamos el sentido de cada uno de ellas:

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»

El nombre de Dios es misericordia. En la pasión de Cristo, vemos al Señor, pedir al Padre: «perdónalos porque no saben lo que hacen». Esa es la mayor misericordia.

Jesús, que vive la mayor injusticia, se compadece de la miseria de sus verdugos, y pide al Padre que los perdone.

En ese momento, María vivía el cumplimiento de la profecía de Simeón. Su corazón atravesado veía morir a su amado y divino hijo.

En María también se cumplía la bienaventuranza, porque la madre se unía al hijo en su misericordia, adhería en su corazón a ese pedido misericordioso de perdón al pecador.

Sólo así pudo mantener la esperanza, en vez de llenarse de rabia y resentimiento. La llena de Gracia se sostuvo en la fe.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.»

Bienaventurados aquellos que no tienen nada en su corazón por encima de Dios.

Son puros de corazón los que hacen de la voluntad de Dios su alegría, y rechazan todo lo impuro, todo lo que los aleje del Señor.

En ellos no hay ambigüedad sobre que es lo más importante: Dios.

María desde su Sí al ángel, como elegida por el Padre para ser Madre de Dios, y durante toda su vida de discípula de Cristo, nunca dudó del papel principal de Dios en su vida.

Y aceptó la voluntad de Dios, aún cuando esta le había profetizado el camino de dolor de su hijo, y el suyo propio, para poder mantener su fidelidad al Señor.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.»

Esta Bienaventuranza refiere a ordenar nuestros deseos, y poner el deseo de seguir siempre la voluntad de Dios, primero que todo y anterior a cualquier otro deseo nuestro.

Dar más importancia a lo que Dios nos pide, que a cualquier otra cosa que podemos querer. Hacer del hambre de Dios, la primera entre todas las hambres que podemos sentir.

El querer la justicia, es ordenar nuestra vida según lo recto, es preocuparnos por el propósito de Dios, que es lo recto. Porque el quiere justicia, primero da justicia.

María, aún en la máxima prueba en el calvario, viendo la injusticia del hombre, no desesperó, y confió en la justicia divina.

«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.»

El que trabaja por la paz, es hijo de Dios, porque Dios el creador de todas las criaturas, es la unidad de todo lo creado. Buscar a Dios, es buscar la paz.

En cada uno de los Santos, se ve la felicidad de quienes dan su vida por esta paz.

María junto al Señor en su Cruz, acompaña a Dios en su esfuerzo supremo por buscar la paz, por traer la Paz de Cristo, la que viene del amor volcado en la pasión.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.»

Según Santo Tomás de Aquino, nos dice que el hambre de Dios, el deseo natural que todo ser humano tiene de realizarse en la alabanza y servicio a su creador, tiene cuatro sustitutos negativos:

La riqueza, el placer , el poder y la popularidad. Son cuatro maneras erradas de buscar satisfacer el vacío causado por la ausencia de Dios en nuestro Corazón.

Esta enseñanza de Cristo, en una interpretación moderna de Monseñor Robert Barron, sería algo así como «bienaventurado si no eres adicto a los bienes materiales, si muchos o pocos, los usas para el servicio de Dios.»

Estas personas hacen del reino de Dios su preocupación máxima.

María nada quiere para sí, ella es «la esclava del Señor» y arriesga todo, hasta la posibilidad de su propia muerte, por traer al mundo al niño Dios.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.»

Siguiendo también al obispo Barron, aquí podríamos decir:

«Bienaventurados los que no son adictos al placer, los que no necesitan siempre sentirse bien, tener sentimientos agradables siempre, para no perder la esperanza.»

Cristo en la Cruz no sufrió por nosotros, en su Cruz nada placentero hubo, pero en su Cruz se hizo presente más que nunca el amor de Dios.

Ser conscientes de esto, nos llama a imitar a Cristo, a mantener el buen espíritu aún en el dolor y la prueba. Mantener la libertad espiritual.

Nuestra Santa Madre frente a la Cruz, no perdió su fe. Fue durante los tres días entre la pasión y la resurrección de Cristo, la única que mantuvo la esperanza.

«Bienaventurados los mansos , porque ellos poseerán en herencia la tierra.»

Monseñor Barron dice:

«Que suerte tienes si no estás apegado al poder humano. Si eres capar de ser manso, y seguir la voluntad de Dios, aunque seas el menos poderoso humanamente. 

Igualmente puedes ser un gran canal de gracia del Poder de Dios para muchos que vean tu testimonio de fidelidad a Dios.»

La impotencia humana del Cristo crucificado, se une a la impotencia humana de su madre que lo ve morir así, en el momento del mayor acto de poder de Dios: La Cruz de Cristo que vence a la muerte.

Lo que a los ojos del mundo era derrota e impotencia, en los planes de Dios es su todopoderoso designio de salvación.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.»

Barron interpreta ahora: «Bienaventurado si no eres adicto al honor, a la popularidad.»

En el momento de la pasión todos dejaron solo a Cristo, nadie le rindió honores, fue escupido, insultado, humillado, tratado como un delincuente.

Todo eso lo vivió de cerca Santa María Santísima, viendo como su hijo, que era tenido como un gran profeta por las multitudes, que era seguido por tantos, era despojado de todo honor humano, de toda popularidad.

Santo Tomás de Aquino decía que si queremos el perfecto ejemplo de las bienaventuranzas están en Jesús crucificado.

«Si quieres ser feliz, aborrece a las que Cristo es indiferente en la Cruz, y ama las cosas que Cristo amó en la Cruz.»

En su Cruz Jesús no tenía ningún bien material, nada de placer, ningún poder humano, nada de popularidad.

¿Qué cosas amó Jesús en la Cruz? Según Santo Tomás amó seguir la voluntad del Padre, tenía hambre de justicia, y por ello era el emisario de la Paz y la Misericordia divina.

Jésus nos enseña a invertir nuestras expectativas para encontrar la libertad que viene de la voluntad de Dios.

En la Virgen junto a Cristo crucificado, vemos el reflejo de este amor. Por ello nuestra Santa Madre fue su primera discípula y es entre todas la criaturas de Dios la más perfecta.

En nuestra madre dolorosa, vemos como ella (que no era Dios como si lo era Cristo), por la gracia divina y su firme voluntad de cumplir los designios de Dios, se vuelve la misma voluntad de Dios.

María sin ser una diosa, es el reflejo perfecto de la Luz que su hijo trajo al mundo. Es el más fiel reflejo de la Luz divina.

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.»

En esta bienaventuranza, Cristo nos prepara para su mensaje más difícil, pero el más seguro camino de salvación: aquél de amar a los enemigos.

Cristo abolió el ojo por ojo, y nos manda vencer la maldad, rompiendo la cadena de venganzas y violencia.

En este camino nos promete el Cielo. María por su adhesión perfecta a Cristo, aún sostenida cuando tenía su corazón atravesado de dolor, fue asunta al Cielo en cuerpo y alma.

Por ello en la imitación de Cristo, en la devoción a nuestra Santa Madre, podemos decir en Cristo y María, las palabras del Evangelio:

«Alégrense porque vuestra recompensa será grande en los cielos.»

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