ORACION A CRISTO REY DEL UNIVERSO

1674

Oh Cristo Jesús, yo te reconozco como el Rey universal

Todo lo que existe, por Tí ha sido creado.
Toma sobre mí tus derechos,
yo renuevo mis promesas de bautismo
renuncio a Satanás, a sus engaños vanales y a sus obras,
y prometo vivir como un buen cristiano,
en modo particular me comprometo a testimoniar
siempre con valor mi fe en tí.

Corazón divino de Jesús, yo te ofrezco mis pobres acciones
para obtener de tí que todos los corazones reconozcan
tu sagrada realeza, y que de esa manera,
el Reino de tu Paz se establezca en todo el mundo.

Amén
Padre nuestro…
Ave María …
Gloria…

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Se trata de un Rey muy distinto al que el mundo podía imaginar, es un rey que reina desde el “trono” de la cruz. Cristo en la Cruz, entregó su vida para la salvación de muchos. Y desde la Cruz fue glorificado.

Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (Jn 11:52).

Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó en heredero de todo (Hb 1:2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios.

Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (Hch 2:42 gr.).

Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo (…).

Y como el reino de Cristo no es de este mundo (Jn 18:36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno.

Pues es muy consciente de que ella debe congregar en unión de aquel Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (Sal 2:8) y a cuya ciudad ellas traen sus dones y tributos (Sal 71 [72], 10; Is 60:4-7; Ap 21:24).

Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu.

[masterslider id=»4″]

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here