ORACION PARA LOS TIEMPOS DE DIFICULTAD

La oración para esos momentos en que rezar es lo único que te mantiene en pie. Y los consejos de los Santos para tales ocasiones.

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oración frente a la tribulación.

Señor mío en medio de la prueba y la tribulación cuando todo parece estar en tinieblas, haz que no deje de rogarte, de ponerme en tu presencia.

Que con los días que pasan más quiera alabarte en medio del sufrimiento.
Mantén firme mi fé.

No te alejes de mi lado y no permitas que me aleje del tuyo.

Acógeme en tus brazos, y cárgame en tus brazos divinos.

Hago mías tus promesas y creo en tu palabra.

Me aferro a tí en este día, en medio de la tormenta abrazo tu Cruz.

Cuídame y hazme fuerte acercándome a tu luz.

Que no me fije en la tormenta, que me haga sordo a la tempestad, me vuelva ciego para la adversidad, y que en mi corazón solamente estés tú con tus promesas, tu amor y tu fuerza.

Que siempre recuerde de donde vengo y que hacia ti yo voy.

Amén

Puedes leer también aquí: El Triduo al Señor de los Milagros

Dios enriquece en el tiempo de dificultad a las almas que ama con mayores gracias.

El que siempre ha vivido en la prosperidad y no tiene experiencia de la adversidad, no sabe nada acerca del estado de su alma.

La tribulación nos abre los ojos que la prosperidad nos tiene cerrados. Ciego estaba San Pablo cuando se le apareció Jesucristo, y entonces conoció los errores en que vivía.

Cuando el hijo pródigo se vió reducido a guardar cerdos y angustiado del hambre, dijo:  Iré y me echaré a los pies de mi padre.

La dificultad también nos permite separarnos del apego que tenemos a las cosas de la tierra.

San Agustín dice: Dios hace amargas las cosas terrenas, para que busquemos otra felicidad cuya dulzura no nos engañe.

En aquellos que viviendo en la prosperidad son estimulados por la soberbia,  la vanagloria, el orgullo, el deseo inmoderado de adquirir riquezas, honores y placeres.

De todas estas tentaciones nos libran las tribulaciones, y nos hacen ser humildes, y contentarnos con el estado y condición en que Dios nos ha colocado.

Sepas que Dios es el médico que da salud, y la medicina que para esto aplica, es la tribulación.

¡Oh que remedio tan eficaz es la tribulación para curarnos las llagas y heridas que nos abrieron los pecados!

Por esta razón reprende el Santo a los pecadores que se quejan a Dios cuando los atribula: ¿Porqué te quejas? La tribulación que sufres es una medicina no un castigo.  Job llama dichoso al hombre a quien el mismo Dios corrige, con sus manos.

Ellas hacen que nos acordemos de Dios, y nos precisan a recurrir a su misericordia, viendo que solamente El es que puede aliviárnoslas, ayudándonos a sufrirlas.

Nos hacen contraer grandes méritos ante Dios, dándonos ocasión de ejercitar las virtudes que más ama, como son: la humildad, la paciencia, y la conformidad con la voluntad divina.

San Juan de Ávila decía, que vale más en la adversidad “un bendito sea Dios, que mil acciones de gracias en la prosperidad”. ¡Que tesoro de los méritos consigue el cristiano sufriendo con paciencia los desprecios, la pobreza y las enfermedades!

Los desprecios que se reciben de los hombres son los verdaderos deseos de los santos que anhelan ser despreciados por el amor de Jesucristo, para hacerse semejantes a Él.

Además; ¡cuánto ganamos sufriendo las incomodidades de la pobreza! “Tú eres mi Dios, y todas mis cosas”, decía San Francisco de Asís: y diciendo esto se tenía por más rico que todos los grandes de la tierra.

Demasiado cierto es lo que decía Santa Teresa: “Cuanto menos tengamos en este mundo, más gozaremos en el otro. ¡Dichoso el que pueda decir: Jesús mío, tú sólo me bastas”.

Si te crees infeliz porque eres pobre, dice San Juan Crisóstomo, realmente eres infeliz y digno de compasión; no porque eres pobre, sino porque siéndolo, no abrazas tu pobreza y te tienes por desdichado.

Sufrir con paciencia los dolores y las enfermedades. Si se queja un enfermo de que por estar así no puede hacer nada, se equivoca; porque lo puede hacer todo, ofreciendo a Dios con paz y resignación cuanto padezca e su enfermedad. El Crisóstomo escribe: que la Cruz de Jesucristo es la llave del Paraíso.

Las tribulaciones más temibles para un alma buena son las tentaciones con que el demonio nos incita a ofender a Dios: pero, quien las resiste y las sufre, implorando el auxilio divino, adquiere con ellas gran tesoro de méritos “Fiel es Dios, que no permitirá que seas tentado sobre tus fuerzas, sino que de la misma tentación te hará sacar provecho para que puedas sostenerte.

Bienaventurados los que lloran, dice el Señor, porque ellos serán consolados.

Es necesario, pues, dice San Juan Crisóstomo, sufrir las tribulaciones con resignación, porque así ganaremos mucho;  de otro modo, no disminuiremos nuestros males, sino que los acrecentaremos.

Si no sufrimos con paciencia la tribulación no mejoraremos nuestro estado, y será mayor el peligro. No hay remedio; si queremos salvarnos, es preciso pasar por medio de muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.

En síntesis, las tribulaciones con que Dios nos prueba, o nos corrige, no vienen para nuestra perdición, sino para nuestro provecho o nuestra enmienda .

Cuando se ve a un pecador atribulado en esta vida, señal es que Dios quiere tener misericordia de él en la otra. Al contrario, es desgraciado aquel que no es castigado por Dios en este mundo, porque es señal de que el Señor está desdeñoso con él y le tiene reservado para el eterno castigo.

Cuando nos veamos, pues, cercados de las tribulaciones que Dios nos envía, digamos con el santo Job:  Señor, mis pecados no han sido castigados según yo merecía. Así debemos orar a Dios con San Agustín: Señor, quema, despedaza y no perdones en este mundo para que me perdones en el otro, que es eterno.

Cómo debemos comportarnos ante la dificultad (con citas a los santos de la Iglesia)

Cuando nos veamos muy atribulados y no sepamos que hacernos, debemos volvernos a Dios, que es el único que puede consolarnos. Debemos recurrir a Él y suplicarle, sin dejar de hacerlo hasta que nos oiga.

Conviene fijar los ojos en Dios y no apartarlos de Él, y seguir suplicándole hasta que tenga compasión de nosotros. Conviene que tengamos gran confianza en el corazón de Jesucristo, que está lleno de misericordia, y no hacer lo que hacen algunos que se abaten si no los oyen al punto que han comenzado a suplicar.

Las almas que tienen poca fe, en vez de recurrir a Dios en el tiempo de tribulación, recurren a los medios humanos, desdeñándose de acudir al Señor, y no pueden ver socorridas sus necesidades.  Si el Señor no es el que edifica la casa, en vano se fatigan los arquitectos.

No duerme el Señor, cuando nosotros recurrimos a su bondad, y le pedimos algunas gracias útiles a nuestras almas, porque entonces nos oye cuidadoso de nuestro bien. Y San Bernardo dice, que cuando le pedimos gracias temporales, o nos dará lo que pedimos, u otra cosa mejor.

O nos concederá la gracia perdida, siempre que nos sea provechosa para el alma, o alguna otra más útil, por ejemplo, la de acomodarnos con resignación a su santísima voluntad, y a sufrir con paciencia aquella tribulación, que nos aumenta los méritos para conseguir la vida eterna.

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