ORACION A NUESTRA SEÑORA DE LOS ANGELES

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ORACION A NUESTRA SEÑORA DE LOS ANGELES

El 21 de Mayo celebramos a Nuestra Señora de los Angeles de Arcola, Italia.  Ella con su gran amor  consuela a los afligidos, calma los corazones y da felicidad;  da la paz a los pecadores, y hace extraordinarias cosas sobre males físicos  o morales.

ORACION A NUESTRA SEÑORA DE LOS ANGELES

Santa virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, Señora de los Angeles, desde tu trono de misericordia, de bondad infinita, míranos que estamos necesitados de ti y de tu protección.

Manda a tus ángeles para que combatan contra el enemigo, que nos tienta, que nos habla y nos hace creer que está bien mentir, que está bien obrar en algunos casos con injusticia y frialdad, que está bien defendernos aunque hagamos cosas mal, que nos lleva a evadirnos de los problemas haciendo cosas negativas, y nos aleja cada vez más de Dios.

Pero tú Madre eres buena, y tienes misericordia de nosotros,  llévanos por el camino de la humildad, del amor a tu Hijo, de hacer su voluntad siempre como tu lo hiciste.

Tus ángeles son compañeros en nuestra vida que nos encaminan, nos llevan a hacer lo que Dios quiere, que no se aparten de nosotros al igual que Tú,  Madre amada.

Amén.

NUESTRA SEÑORA DE LOS ANGELES DE ARCOLA, ITALIA

El siglo XVI la Iglesia pasaba una cruel prueba. El protestantismo, que reinaba en los Países Bajos, Polonia, Inglaterra, Dinamarca y varios otros contra Alemania, fue aclamado como la religión del Estado, y con audacia invadía Suiza, y se dirige a Francia. Los turcos amenazan Europa, la barbarie llegaba al seno de la misma religión y la civilización: la querida Italia.

La Iglesia oraba y gemía.También Arcola era continuamente asolada por las guerras, el odio, las pasiones, enfermedades, plagas. Mientras tanto, desde el cielo la Virgen velaba por la salud de sus hijos, se dolía por su ingratitud, y su oración y amor omnipotente detuvo la venganza divina.

Luego de la misa dominical las cinco niñas de una familia de Arcola juegan en un bosque cercano a su propiedad, cuando comienzan a sonar las campanas del monasterio llamando a los monjes a la oracion.

Las niñas suspenden el juego y postradas en meditación piadosa, recuerdan a Dios misericordioso la lamentable condición de la Iglesia, la agitación del mundo, la desolación de su país, orando a la Santísima Virgen con el devoto rezo del Rosario.

La Madre celestial escuchó desde el cielo, con especial ternura el saludo Angelico “Angelus Domini” y una luz como del paraíso las rodeó. Sorprendidas dirigen su mirada al follaje de una planta de romero y sobre el ven una majestuosa Señora, resplandeciente como el sol, vestida de blanco, flanqueada por dos Ángeles.

Por la belleza de la cara, las suaves maneras y el esplendor sobrehumano que la envolvía no podía ser otra que Reina del Cielo.

Fijaron los ojos extasiados en la dulce Señora, mientras que una voz dulce, y materna las tranquiliza: “No tengan miedo, hijas, soy María, la Madre de Jesucristo, la Reina de los Ángeles” y alzando la mano:

“Vayan, vayan, díganle al pueblo que rece y haga penitencia. Sus plegarias han llegado hasta mi corazón, ahora es momento de actuar: vayan! vayan!” Las videntes asombradas por tanta gracia replicaron: “Pero Dulce Señora, estamos dispuestas a lo que usted dice, pero no sabemos como predicar”.

“Hijas, dice María, no se preocupen, con mi ayuda encontrarán todo fácil. Vayan y díganle a los buenos vecinos que alcen en mi honor, un templo en este lugar.” Y la Virgen se alzó hacia el cielo, acompañada por sus ángeles, quedando lentamente fuera de los ojos de las afortunadas, dejándolas llenas de confianza y consuelo celestial.

Llegan a su casa precipitadamente, dicen con temor a sus seres queridos lo que sucedió, notifican al párroco, y olvidándose de su pequeñez, según las palabras de la Divina Señora, comienzan a anunciar la maravilla predicando lo que encomendó a la Santísima Virgen María, y el párroco, el clero, los aldeanos, escuchan a estas simples almas, y como impulsados por una fuerza misteriosa todos van al lugar de la aparición a orar y suplicar iniciando severas penitencias.

Una alegría indescriptible y confianza recorre el ánimo de todos: el país está a salvo. La novedad se expande y se acercan multitudes de peregrinos de cerca y de lejos, penitentes, orantes, llegan a la Carbonara, donde quieren encontrar la verdadera paz, una renovación interna, una alegría que no es del mundo.

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