Misa de la Divina Misericordia Papa Francisco

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Misa de la Divina Misericordia Papa Francisco 3 abril 2016

Misa de la Divina Misericordia Papa Francisco

La homilía del Papa de este domingo 3 de Abril de 2016:

Jesús en presencia de sus discípulos, hizo muchas otros signos que no están escritos en ese libro. El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios. Para leer y releer, porque cuanto Jesús ha dicho y cumplido, es expresión de la misericordia de Dios. No todo sin embargo, se ha escrito. El Evangelio de la misericordia permanece como un libro abierto, donde continuar a escribir los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el testimonio de la misericordia. Estamos todos llamados a ser escritores vivientes del Evangelio. Portadores de la buena noticia a cada hombre y mujer de hoy.




Lo podemos hacer poniendo en práctica las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano.

Mediante estos principios simples y fuertes, a veces invisibles, podemos visitar a los que están en la necesidad, llevando la ternura y la consolación de Dios. Se continúa así, aquello que ha cumplido Jesús, en el día de Pascua, cuando ha renovado, en el corazón temeroso de sus discípulos, la misericordia del Padre, infundiendo sobre ellos el Espíritu Santo que perdona los pecados y dona la alegría.

En el relato del Evangelio de hoy, emerge un contraste evidente, el temor de los discípulos que cierran las puertas de casa, y por la otra parte vemos la misión que Jesús les da, y les envía al mundo a portar el anuncio del perdón. Puede existir también en nosotros este contraste, una lucha interior, entre la cerrazón del corazón y la llamada del Amor a abrir las puertas cerradas, y salir de nosotros mismos.

Cristo, que por amor, ha entrado a través de las puertas cerradas del pecado, de la muerte y de los infiernos, desea entrar también en cada uno, y destrabar las puertas cerradas del corazón. Él que con la resurrección ha vencido el miedo que nos aprisionan, quiere abrir nuestras puertas cerradas y enviarnos. El camino que el Maestro resucitado nos indica tiene un sentido único. Procede en una sola dirección, salir de nosotros mismos, para testimoniar la fuerza sanadora del amor que nos ha conquistado.

Vemos delante de nosotros una humanidad frecuentemente herida y temerosa, que lleva las cicatrices del dolor y de la incertidumbre. De frente al grito sufrido de misericordia y de paz, sentimos en nuestra cara, cada uno de nosotros, la invitación confiada de Jesús: «Así como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».

Cada enfermedad puede encontrar en la misericordia de Dios, un socorro eficaz. Su misericordia, de hecho, no se frena a distancia, desea venir al encuentro de todas las pobrezas; liberar de las tantas formas de esclavitud que afligen a nuestro mundo. Quiere reunir las heridas de cada uno, para curarlas.

Ser apóstol de la misericordia, significa, tocar y acariciar sus llagas, presentes aún hoy, en el cuerpo y en el alma de tantos de sus hermanos y hermanas. Curando estas llagas, profesamos a Jesús, lo hacemos presente y vivo. Permitimos a los otros, que tocan la mano de su misericordia, el reconocerlo. El Señor es Dios, como reconoció el Apóstol Tomás. Esta es la misión que nos ha confiado el Señor.

Tantas personas piden ser escuchadas y comprendidas. El Evangelio de la misericordia, a anunciar y escribir en el vida, busca personas con el corazón paciente y abierto, buenos samaritanos que conocen la compasión y el silencio delante del misterio del hermano y de la hermano. Nos manda a ser los generosos y alegres, que aman gratuitamente sin pretender nada a cambio.

“¡La paz esté con ustedes!”. Es el saludo que Cristo trae a sus discípulos. Es la misma paz que esperan los hombres de nuestro tiempo. No es una paz negociada. no es el suspender algo que no va. Es su Paz, la paz que proviene del corazón del Resucitado. La Paz que ha vencido al pecado, a la muerte y al miedo. Es la Paz que no divide, sino que une. Es la Paz que no deja solo, sino que nos hace sentir acogidos y amados. Es la Paz que permanece en el dolor y hace florecer la esperanza.

Esta Paz como en el día de Pascuas, nace y renace del perdón de Dios, que quita las inquietudes del corazón. Es ser portador de su Paz, esta es la misión confiada a la Iglesia el día de Pascua. Somos nacidos en Cristo como instrumento de reconciliación para llevar a todos el perdón del Padre, para revelar su rostro de sólo amor, en los signos de la misericordia.

En el Salmo responsorial hemos proclamado: «Su Amor dura por siempre». Es verdad. La misericordia de Dios es eterna, no termina, no se agota, no se rinde de frente a las cerrazones, y no se cansa nunca.

En este: «por siempre», encontramos sostén en momentos de prueba y debilidad. Por estamos seguros de que Dios no nos abandona. Él permanece con nosotros para siempre, Le agradecemos su amor tan inmenso, que no podemos comprender. ¡Es tan grande!

Pidamos la gracia de no cansarnos nunca de acudir a la misericordia del Padre y de llevarla al mundo; pidamos de ser nosotros mismos misericordiosos, para difundir en todas partes la fuerza del Evangelio, para escribir aquellas páginas del Evangelio que el Apóstol Juan no ha escrito.

 

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