Vigilia Pascual Mensaje del Papa

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homilia del papa francisco vigilia 2016

Vigilia Pascual Mensaje del Papa

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Pedro corre al sepulcro. ¿Cuáles pensamientos podían agitar la mente de Pedro mientras corría?




El Evangelio nos dice que los once, entre ellos Pedro, no habían creído al testimonio de las mujeres, a su anuncio pascual, en cambio esas palabras parecieron a ellos como un delirio. En el corazón de Pedro existía por lo tanto la duda, acompañada de tantos pensamientos negativos. La tristeza por la muerte del maestro amado, y la desilusión por haberlo renegado tres veces durante su Pasión.

Pero había algo particular, Pedro pese haber escuchado a las mujeres y no haberles creído, aun así, se levantó, no se quedó sentado pensando, no se quedó encerrado en casa como los otros, no se dejó atrapar por la densa atmósfera de ese día, ni se dejó hundir en sus propias dudas, el miedo, y las charlas continuas que no llegan a nada. ¡Buscó a Jesús! No ha sí mismo. Prefirió el camino del encuentro y la confianza y así como era, se alzó, corrió hacia el sepulcro, de donde después retornó pleno de estupor.

Ese ha sido el inicio de la resurrección de Pedro. La resurrección de su corazón, sin ceder a la tristeza, y a la oscuridad, ha dado espacio a la voz de la esperanza. Ha dejado que la luz de Dios le entrara en el corazón, sin apagarla.

También las mujeres que habían salido a la mañana temprano para cumplir una obra de misericordia, llevar los perfumes a la tumba, habían vivido la misma experiencia, estaban asustadas y mirando el piso. Pero fueron sacudidas al oír las palabras del ángel, ¿“Porqué buscan entre los muertos, aquél que está vivo?”

También nosotros como Pedro y las mujeres, no podemos permanecer en la vida viviendo tristes y sin esperanza. Y estando prisioneros de nosotros mismos. Abramos al Señor nuestros sepulcros sellados. Cada uno de nosotros, los conoce.

Para que Jesús entre, y de vida. Llevemos a Él las piedras del rencor y las losas del pasado. La pesada maza de nuestra debilidad y de nuestras caídas.

Él desea venir a tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero esta es la primera piedra para hacer girar: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos.

Que el Señor nos libre de esta terrible trampa, de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado, y el centro de la vida, fueran nuestros problemas. Vemos y veremos continuamente problemas cerca de nosotros, y dentro de nosotros, siempre estarán. Pero esta noche iluminemos tales problemas con la luz del resucitado, en cierto sentido “Evangelizar nuestros problemas”.

La oscuridad y el miedo, no deben atraer la mirada del alma y tomar posesión del corazón. Escuchemos las palabras del Ángel, “el Señor no está aquí, ha resucitado”. Él es nuestra alegría más grande, está siempre a nuestro lado y no nos desilusionará nunca.

Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo. Ni menos una actitud psicológica, o una buena invitación a tomar coraje. La esperanza cristiana es un don que el Señor nos da, si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a Él.

Esta esperanza no desilusiona, porque el Espíritu Santo ha sido infuso en nuestros corazones, el “consolador” no hace aparecer todo bello, no elimina el mal con la varita mágica, sino que infunde la verdadera fuerza de la vida que no consiste en la ausencia de problemas, sino en la certeza de ser amados y perdonados siempre por Cristo. Que para nosotros ha vencido al pecado, ha vencido a la muerte, ha vencido al miedo.

Hoy es la fiesta de nuestra esperanza. La celebración de esta certeza: Nada ni nadie podrán nunca separarnos de su Amor. El Señor está vivo, y quiere ser buscado entre los vivos. Después de haberlo encontrado, cada uno es invitado por Él a llevar el anuncio de la Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en el corazón apesadumbrado por la tristeza de quien está cansado de buscar la luz en la vida. ¡Hay tanta necesidad hoy!

Olvidándonos de nosotros mismos como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el Amor. De otra manera seremos una estructura internacional con un gran número de adeptos y buenas reglas, pero incapaz de donar la esperanza que el mundo necesita.

¿Cómo podemos nutrir nuestra esperanza?  La liturgia de esta noche nos da un buen consejo, nos enseña a hacer memoria de las obras de Dios. Las lecturas nos han narrado, de hecho, su fidelidad, la historia de Amor de Dios hacia nosotros. La Palabra de Dios viva es capaz de involucrarnos en esta historia de Amor alimentando la esperanza y reavivando la alegría. Nos lo recuerda también el Evangelio: los ángeles para infundir esperanza a las mujeres les dicen: “recuerden como Jesús les habló”. Hacer memoria de las palabras de Jesús, hacer memoria de todo aquello que Él ha hecho en nuestra vida.

No olvidemos sus palabras, y sus obras. De otra manera perderemos la esperanza y nos transformaremos en cristianos sin esperanza. Hagamos en cambio memoria del Señor, de su bondad, y de sus palabras de vida que nos han tocado. Recordémoslas y hagámoslas nuestras, para ser centinelas de la mañana que saben interpretar los signos del Resucitado.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Cristo ha resucitado!, y nosotros tenemos la posibilidad de abrirnos y recibir su don de esperanza. Abrámonos a la Esperanza y metámonos en camino. La memoria de sus obras y sus palabras sea la luz resplandeciente que orienta nuestros pasos en la confianza hacia esa Pascua que no tendrá fin.

 

 

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