ORACIÓN A MARIA A LOS PIES DE LA CRUZ

La poderosa oración a la Madre del Señor crucificado

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ORACION DE MARIA A LOS PIES DE LA CRUZ
ORACION DE MARIA A LOS PIES DE LA CRUZ

Madre nuestra amorosa,
tu que en la pasión de tu hijo,
viste con los ojos de la fe,
lo que a los ojos de los hombres era
el Amor de Dios destrozado por el pecado.
Tu que ante los hechos no perdiste la esperanza,
tu que fuiste puente entre la Pasión de tu amadísimo
y su Gloriosa Resurrección, a sabiendas de que:
NO HAY AMOR MAYOR DEL QUE
DA LA VIDA POR SUS AMIGOS…

Aunque la oscuridad visite nuestro camino,
y sofoque nuestras débiles linternas,
haz que el brillo de la mañana
sea para nosotros fuerza en cada día, y…
aunque la Cruz pueda arrojar sobre nosotros una sombra
que de momentos parece demasiado grande y oscura,
intercede ante Dios nuestro Señor para que
permanezacamos bajo la Cruz como tú,
para que la mañana de la resurrección
nos encuentre firmes en la fe.
Amén

 

UNA MADRE BAJO LA CRUZ

María miraba, temblorosa y con el corazón atravesado de dolor a Jesús colgado en la Cruz.

Su hijo estaba allí, de frente a ella, muriendo de una terrible agonía en muerte atroz y en ese momento revive toda su vida en un instante.

Todo pasó como un rayo por su mente. Se volvió a ver muchacha en su pequeña casa, con ese temor que sintió al ver aparecer el Ángel del Señor anunciando la venida de Jesús, el momento en el cual el Ángel mismo espera, en un instante interminable suspendido entre el cielo y la tierra, y su respuesta… Su SI, ese Si que fue puerta al Amor, y que permite al Verbo hacerse Carne.

En aquel instante que permite al Creador de hacer hombre en ella, el Omnipotente de transformarse en un pequeño e indefenso bebé en brazos de una mujer, al Padre de tener necesidad de sentir un calor de madre, al Todo de hacerse pequeño y deseoso de afecto, al Amor Absoluto de buscar el amor de una muchacha que le enseñara la vida, al Eterno sin tiempo de entrar en el tiempo, a la Luz de tener necesidad de abrir los ojos de bebé, a el que nada necesita para existir, de buscar el seno de su madre para vivir.  A la vida de venir a la vida.

Se ve en viaje a Belén con José, ve a los reyes venidos desde lejos a adorar al Niño, las profeciás de Ana y del anciano Simeón, el odio satánico de Herodes y la fuga precipitada a Egipto. Se ve con el niño que crecía sereno en su inocencia tras los muros domésticos, de una casa humilde, detrás de los miedos por el mañana, por el trabajo, por la precariedad cotidiana de sus madre y su padre putativo.

Después vuelve a vivir el retorno tan esperado a Nazareth, la felicidad de recibir a los pariente, la casa los paisajes de la infancia, y mientras los años transcurrían, y ella guardaba todo en el corazón y meditaba, y aquel niño crecía y se transformaba en hombre.

Después ve el momento en el cual José muere y los deja solos, el dolor de su pérdida, los años que pasaban, y Jesús que ya era un hombre.

Se ve en el día aquél en que Jesús la llama dulcemente y le anuncia su partida, y lo ve irse con la túnica blanca y ninguna otra cosa. Jesús era un hombre, pero María, viéndolo irse, lo veía siempre como su bebé bello, de tantos años atrás.

El dolor de quedarse sola pero la conciencia de que era la voluntad de Dios y que ello bastaba.

María rezó, toda su vida terrena fue una larga y silenciosa oración, preludio de la vida celeste que la esperaba.

Se ve luego en las bodas de Caná con su divino hijo que atiende su ruego. Después, siempre en su silencio, escuchando a Jesús que predicaba a las masas.

Los milagros, el pueblo estupefacto, todas las palabras que decía a las multitudes, y todo transcurrido en el silencio de la oración. Se recuerda de los apóstoles de su hijo, de su amistad y de su traición.

Después improvisamente la noticia de su captura, el proceso, las torturas, a ese Jesús llagado, su hijo, su niño que derramaba copiosamente su sangre, en todo su cuerpo martirizado mientras era escupido con desprecio.

Su pequeño que era conducido al calvario, con aquella cruz pesada, que le aplastaba la columna, y le producía una profunda llaga en su hombro, frente a aquella multitud cruel que gritaba con todo el odio del mundo.

Vuelve a ver el rostro de Jesús coronado de espinas, pasando frente a ella, sin un lamento, sin una sola sombra fugaz de odio en su mirada, en la cúspide de la compasión y la misericordia por la humanidad. El cordero de Dios llevado al matadero. He aquí el Hombre (Ecce homo)

Revive como los crueles verdugos clavan brutalmente su hijo a la Cruz y lo elevan bruscamente…

Cuando María en un instante eterno a través de este revivir de todas estas cosas, mira en alto, emite un sofocante gemido. Ella estaba pendiente de la Cruz como su Hijo mismo, junto a María de Cleofás, María Magdalena y el Apóstol Juan.

En aquél momento se sintió de nuevo la niña de tantos años atrás, llena de miedo y temblorosa frente al Ángel, y se abraza estrechamente a las dos mujeres que la acompañan.

Jesús entonces, viendo a su madre junto al discípulo que el amaba, le dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.»

Desde ese momento aquella niña asustada, destruida por el dolor, se convierte en LA VIRGEN SANTA, LA MADRE DE LA HUMANIDAD.

Aquella humanidad pecadora que había crucificado a su propio hijo delante de sus ojos, al mismísimo HIJO DE DIOS.

Una humanidad que no ha querido a Dios, que lo ha rechazado. Una humanidad tan ciega por el mal para crucificar a aquel Dios amoroso, que tanto amó al hombre para descender en medio de la humanidad y hacerse vulnerable por amor, para enseñar al hombre a vencer a la muerte y al mal, a volar en alto cerca de Dios…

El mal, para frenar a Dios, no ha podido hacer otra cosa que asesinarlo. como único modo de frenar su Amor. El Amor no hacía otra cosa que caminar para encontrar otros hombres para amar, y la humanidad enceguecida quería parar esa piedad clavándola a una Cruz.

El Amor no hacía otra cosa que da la mano a otros hombres y la humanidad endurecida quería frenar aquella manos clavándolas a una Cruz.

El Amor no hacía otra cosa que dar el propio corazón a otros hombres, y la humanidad perversa quería traspasar aquél corazón en modo de que no pudiese más amar.

Pero desde que le han clavado las manos, el Amor no ha dejado de dar la mano al hombre, desde aquél momento en que le han clavado los pies, el Amor no ha dejado de caminar sobre la tierra, y desde que le han traspasado el corazón, el corazón no ha dejado de derramar el mar de su misericordia sobre la humanidad entera.

Hoy el Salvador, después de haber vencido al mundo y a la muerte, sobre la Cruz, está junto a cada hombre y cada mujer, anciano y niño, y camina con nosotros. El va a la búsqueda de cada uno de nosotros pecadores.

Para llevar a todos al rebaño Santo de su Santa Iglesia, donde esa madre temblorosa y dolorosa, que entendió al amor y creyó contra toda esperanza, está también junto a nosotros, intercediendo frente a su hijo, para que en los momentos más difíciles de la vida recordemos que el Amor venció a la muerte, y que de su mano también nosotros, con la Gracia de Dios venceremos.

Y así hasta el final de los tiempos….

ORACION A NUESTRA SANTA VIRGEN DOLOROSA