Homilía del miércoles de ceniza Francisco

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Papa Francisco conviértanse

Homilía del miércoles de ceniza

Papa Francisco, Resumen ideas principales:

La palabra de Dios iniciando el camino cuaresmal nos hace dos invitaciones:

1- ¡Déjense reconciliar con Dios!

Es una verdadera súplica en nombre de Cristo: ¿Por qué un llamamiento así tan solemne y apasionado?

Porque Cristo sabe cuán frágiles y pecadores somos, sabe cuánta necesidad tenemos de perdón, sabe que es necesario que nos sintamos amados para realizar el bien. Solos no podemos hacerlo, debemos dejarnos reconciliar con Dios», permitirle que nos perdone con confianza. Él vence el pecado y nos levanta de la miseria si nos confiamos a Él. Cristo, nos espera, y nos ofrece una vida nueva y alegre.

Está la tentación de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándonos siempre, pensando que no somos peores que los demás y de esta manera bloqueamos la cerradura del alma y permanecemos encerrados en nosotros mismos, prisioneros del mal.

También está la vergüenza de abrir la puerta secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma porque indica que queremos cortar con el mal. Sin embargo, no debe jamás transformarse en temor o miedo.

También podemos escondemos en nuestras miserias. Cuando «rumeamos»  continuamente relacionando entre ellas las cosas negativas hasta el punto de hundirnos en el sótano más oscuro del alma. Entonces nos convertimos en familiares de la tristeza que no queremos, nos acobardamos y somos débiles frente a las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos en nosotros mismos, encerrándonos y huyendo de la luz. Solamente la gracia del Señor nos libera.

Dejémonos reconciliar escuchando a Jesús, que dice a quien está cansado y oprimido: “Vengan a mí”.

2- La otra invitación de Dios: “Vuelvan a mí con todo el corazón”.

Es necesario  regresar porque nos hemos alejado. Es el misterio del pecado. Nos hemos alejado  de Dios, de los demás y de nosotros mismos.

Es difícil amar a los demás, pero no lo es pensar mal de ellos. Cómo nos cuesta hacer el bien verdadero, mientras que somos atraídos y seducidos por tantas realidades materiales, que finalmente desaparecen  dejándonos pobres.

Junto a esta historia de pecado Jesús ha inaugurado una historia de Salvación.

El Evangelio que abre la Cuaresma nos invita a tomar tres remedios que curan del pecado:

2-1- La oración, en apertura y confianza en el Señor. Es el encuentro personal con Él, que reduce las distancias creadas por el pecado. Rezar significa decir: “no soy autosuficiente, tengo necesidad de Ti. Tú eres mi vida y mi salvación”.

2-2- La caridad: La caridad que nos pide la cuaresma, es la que nos permite curar nuestro pecado, es la caridad que supera el sentimiento de indiferencia con los demás. No es sólo dar algo para calmar la conciencia, sino aceptar a quien tiene necesidad de nuestro TIEMPO, de nuestra AMISTAD, de nuestra AYUDA.«. Es vivir el servicio, venciendo la tentación de complacerse.

2-3- el ayuno, la penitencia para liberarnos de las dependencias, de aquello que pasa, y ser más sensibles y misericordiosos.  Es una  invitación a la simplicidad y al compartir, quitar algo de nuestra mesa y de nuestros bienes para reencontrar el  bien verdadero de la libertad.

“Regresen a mí, dice el Señor, con todo el corazón”. No sólo con un acto externo sino desde lo profundo de nosotros mismos.

Jesús nos llama a vivir la oración, la caridad y la penitencia con coherencia y autenticidad venciendo la hipocresía.

Que la Cuaresma sea un tiempo de auténtica “podadura” de la falsedad, de la mundanidad, de la indiferencia, para no pensar que todo está bien y  que yo estoy bien, para entender aquello que cuenta no es la aprobación, la búsqueda del éxito o del consenso; sino la limpieza del corazón y de la vida para reencontrar la identidad  cristiana, es decir, el  amor que sirve; no el egoísmo que se sirve.

Pongámonos en camino juntos como Iglesia recibiendo las cenizas, también nosotros nos convertiremos en cenizas, y tengamos fija la mirada en el crucificado. Él, amándonos nos invita a dejarnos reconciliar con Dios y a regresar a Él para reencontrarnos con nosotros mismos.

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